Sobre héroes y hazañas

Ayrton Senna: Que veinte años no es nada II

Ayrton Senna no se suicidó. Jamás habría de suicidarse un hombre con corazón de tigre y alma de gigante, pero el estado anímico de aquel día era desastroso. Al revisar el automóvil de Senna encontraron, adherida al cockpit y ensangrentada, una bandera de Austria: era el homenaje que el brasileño pensaba tributar al austriaco Razenberger, caído horas antes como dijimos en el artículo anterior: detalle estremecedor y revestido de sobrecogedora emotividad en atención al fatal desenlace de la carrera. Senna sentía especial predilección por Austria. Al doble torrente rojo y paralelo que  conforma la bandera austriaca corresponde el doble torrente de sangre vertida en la pista de San Marino por Razenberger y Senna. Más allá de la circulación ordinaria de los infatigables y múltiples carros que se desplazan en las pistas del mundo, observo resucitado a Ayrton Senna quien ondea triunfante la postal-homenaje a la memoria de su compañero de andanzas, nunca mejor dicho: Roland Razenberger.
José Asunción Silva, el gran poeta suicida de Bogotá, autor de una pieza (su Nocturno) de acentuación perfecta escribió las líneas siguientes henchidas de intensidad corrosiva:
Ven, ¡Lázaro! gritóle
El Salvador, y del sepulcro negro
El cadáver alzóse entre el sudario,
Ensayó caminar, a pasos trémulos,
Olió, palpó, miró, sintió, dio un grito
Y lloró de contento.
Cuatro lunas más tarde, entre las sombras
Del crepúsculo oscuro en el silencio
Del lugar y la hora, entre las tumbas
De antiguo cementerio
Lázaro estaba sollozando a solas
Y envidiando a los muertos.
En un arquetípico y transmundano San Marino el piloto Ayrton el Mágico Senna se ha quedado en las antípodas del Lázaro del poema de José Asunción Silva, “solo y extrañando a los vivos”.


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