Sobre héroes y hazañas

Alemania en los mundiales: evocación personal

Segunda parte


En 1974 Gerd Müller clavó cuatro arponazos y alcanzó catorce pepinos en mundiales. Müller fue el autor del gol clave para la conquista de la final contra la llamada Naranja Mecánica de Holanda. Una selección poderosa y armónica cuyos jugadores se desdoblaban con fortuna en diversas funciones y cuyo eje o bisagra era el fino centrocampista Johan Cruyff, uno de los cuatro más grandes jugadores del siglo pasado según la FIFA, junto a Pelé, Maradona y el recién fallecido Alfredo Di Stéfano. La marca goleadora de Múller duraría 32 años y sería superada por el brasileño Ronaldo en el mundial de 2006. En  2002 Alemania perdería la final contra Brasil. Qué curioso: Scolari –el director técnico que fracasó en Brasil 2014- era el timonel de la canarinha y Miroslav Klose fungía ya como ariete del equipo germano. Vi la final  de 1974 desde la dolorosa atalaya de la orfandad: mi padre había muerto en noviembre de 1973.Debo confesar que mi equipo preferido, después de la selección mexicana fue, es y seguirá siendo Italia. Por eso mi júbilo se potenció en el mundial de España de 1982. Sí, sí: el mundial de Paolo Rossi. El mundial del dramático juego entre los italianos y los brasileños y, asimismo, el mundial donde pudimos ver una de las celebraciones más efusivas: la de Marco Tardelli en la final contra Alemania. El equipo teutón era muy sólido y había protagonizado frente a Francia, en Sevilla, el partido más emocionante de las copas del mundo. La Alemania de Harald Schumacher, Rummenigge, Littbarski y Breitner frente a la Francia de Platini, Giresse y Tigana. Alemania, tras la derrota en la final, veló sus armas para enderezar sus afilados venablos en el siguiente mundial: la sede de 1986 fue México. El mundial de Diego Armando Maradona. El gol decisivo de Burruchaga después de que los alemanes habían empatado a dos en sólo seis minutos: una final vibrante, inolvidable donde también marcó el filósofo del futbol Jorge Valdano.Si algo caracteriza al espíritu deportivo teutón es su frenesí indomable. La sede del mundial de 1990 fue Italia, la Italia del Toto Schillaci, un tozudo centro delantero que fascinó a la fanaticada con goles estrambóticos. Argentina dejó fuera a los anfitriones y enfrentaba por segunda vez en una final a los alemanes de Briegel, el incombustible Matthaus, Rummenigge, Klinsman y Völler. Argentina, lidereado aún por Maradona, era un equipazo desde la raíz, donde despuntaba el arquero Goycochea, un milagroso ataja-penales que no pudo detener el de Andreas Brehme. Alemania ganó con ese solitario gol. Un penal dudoso decretado por el árbitro uruguayo, muy conocido en nuestros pagos, Edgardo Codesal.A partir de la final de 1990 Argentina ha visto su suerte contra Alemania. Eliminada por los teutones en los cuartos de final de los mundiales de 2006 y 2010, la albiceleste enfrentaría su tercera final contra los germanos en el Maracaná, el mítico estadio donde Brasil perdió la fe en 1950 contra los charrúas. 


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