Especial

La resaca del abismo, T2

En 1996 se proyectó Traisnpotting: la vida en el abismo (Reino Unido, 1996),  y por la vestimenta no me permitieron entrar a la Cineteca Nacional.  Jeans rotos y una playera de Metallica con la asimetría de las huellas de bailar slam en un concierto de Ska. ¿Qué diferencia con los protagonistas de la película? Edimburgo, pensé después. E Iggy Pop.  En Tranispotting 2 (Reino Unido, 2017), también de Dany Boyle, el abismo se convirtió en monotonía. Sobrevivir a la dependencia química. La vida entendida como una resaca, el ser turista en la juventud, parafraseando de Sick Boy  (Jonny Lee Miller), Simon en la secuela, al recordar a Tomas, el principiante muerto por toxoplasmosis al caer en la inevitable decadencia de la toxicidad en la cinta de 1996.     

T2, como toda segunda parte, no es la mejor, pero resulta interesante el ejercicio cinematográfico, la capacidad de Boyle de traducir la emoción humana en imágenes. Luego de 15 años de vida en Ámsterdam y un fracaso matrimonial con dos hijos, Mark Renton (Evan McGregor) regresa de Edimburgo. Pero en 15 años de rabia fermentada,  Simon  sólo espera venganza a su mejor amigo.  De nuevo, el dinero para los inadaptados, la moneda de cambio destinada a la tragedia. Tomada de Porno, la novela secuencia de Irvive Welsh, regresa en una elipsis iniciada con el coraje de la huída de Renton con una parte del pago por el tráfico de heroína. Renton deshilvana la mediocre vida de los infrahumanos amigos. Boyle para remediar la aplastante narrativa de la juventud de los protagonistas recurre a espacios de reflexión forzada de los personajes.  Por eso, las imágenes sobre las paredes de las habitaciones, los síntomas de la resaca, la temporada de fuga por el atletismo tóxico.  Empalmar los planos le resulta a Boyle. La música asemejada al soudntrack de Slumdog Millionaire  matiza las escenas, no es el tambor batiente de la primera cinta, ni la selección de culto que la selección anterior.

Francis Begbie (Robert Carlyle), el bravucón de la pandilla sigue en la prisión.  De donde regresa luego de relacionarse con Renton y Simon, quienes planean un proyecto para recibir dinero a fondo perdido, que resulta el nudo de la película. En el intermedio, deja ver a un padre que impone su cepa a golpes. Begbie sólo conoce el lenguaje del dolor para imponer e imponerse. Spud (Emen Brenmer), el único de los protagonistas que parece avanzar. Aunque estancado en el piso 8 de un complejo habitacional y en el borde del suicidio, la relación amistosa con Verónikca (Anjela Nedyalkova)  conoce el único talento que posee,  contar historias, escribirlas y tal vez  con la misma intensidad de Welsh.  Choose life, le dice Renton a Veronika, la novia polaca, prostituta de Simon, quien chantejea a sus clientes con video grabado desde el buró del cuarto del hotel, cuando le pregunta por la frase dicha tantas veces por Simon: una campaña ochentera para evitar  la proliferación de yonkies en Escocia. 

Trainspotting abrió un hueco generacional durante 20 años. Cuántos adultos se niegan a crecer.  Otros, a dejar las drogas. O a dejar de usar pantalones rotos. Nadie sabe a ciencia cierta si T2 hubiera dado para más.  Pero nadie puede evitar la caída.  


gilberto.lastra@milenio.com