UNO HASTA EL FONDO

‘El estallido del populismo’

Gil trae un libro de escritores que reflexionan sobre este problema, el elenco es numeroso y diverso: Enrique Krauze, Yoani Sánchez, Sergio Ramírez, Plinio; aquí algunas muestras traídas del prólogo de Vargas Llosa.

Gamés acusa fatiga de metal. El fin del año abre la puerta. En una de las caminatas de Gil por la FIL de Guadalajara encontró El estallido del populismo, publicado por Planeta, un libro colectivo de escritores que reflexionan sobre el populismo, el elenco es numeroso y diverso, Gilga menciona a algunos que pueden resonar en la memoria de la lectora y el lector: Mario Vargas Llosa, Enrique Krauze, Yoani Sánchez, Sergio Ramírez, Plinio Apuleyo Mendoza, Roberto Ampuero. Por favor y por favir, no vengan los feligreses de Liópez con la paparruchada de que se trata de hombres y mujeres de la derecha. Mientras Gil pasaba estas páginas, subrayaba. Aquí algunas muestras traídas del prólogo de Mario Vargas Llosa.  

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El comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal, sino el populismo (…) ¿Qué es el populismo? Ante todo la política irresponsable y demagógica de unos gobernantes que no vacilan en sacrificar el futuro de una sociedad por una presente efímero. En el tercer mundo viene disfrazado de progresismo. Por ejemplo, estatizando empresas y congelando los precios y aumentando los salarios, como hizo en el Perú el presidente Alan García durante su primer gobierno, lo que produjo una bonanza momentánea que disparó su popularidad. Después sobrevendría una hiperinflación que estuvo a punto de destruir la estructura productiva de un país al que aquellas medidas empobrecieron de forma brutal. Con algunas variantes, lo ocurrido en Perú ha sido lo que hicieron en Argentina los esposos Kirchner, y en Brasil los gobiernos del Partido de los Trabajadores de Lula y Dilma Rousseff, cuya política económica, luego de un pasajero relumbrón de prosperidad, hundió a ambos países en una crisis sin precedentes, acompañada de una corrupción cancerosa que golpeó sin misericordia a los sectores más desvalidos.

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El ingrediente central del populismo es el nacionalismo, la fuente, después de la religión, de las guerras más mortíferas que haya padecido la humanidad. Los partidarios del brexit —yo estaba en Londres y oí, estupefacto, la sarta de mentiras chauvinistas y xenófobas que propalaron gentes como Boris Johnson y Nigel Farage, el líder de la UKIP, en la televisión durante la campaña—.

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En Filipinas, el populismo del presidente Duterte muestra un perfil sanguinario: pretende acabar con el narcotráfico asesinando a traficantes y drogadictos.

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En el primer mundo el populismo adopta sin escrúpulo alguno la máscara de la derecha nacionalista que supuestamente defiende la soberanía nacional de injerencias foráneas, sean económicas, religiosas o raciales. Donald Trump promete a sus electores que “América será grande de nuevo” blindando sus fronteras con medidas proteccionistas contra la competencia desleal y pretendiendo expulsar a once millones de inmigrantes ilegales que roban el trabajo a los estadunidenses y usurpan sus beneficios sociales y que armándose hasta los dientes volverá a ganar guerras de nuevo.

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Inseparable del nacionalismo es el racismo, y se manifiesta sobre todo buscando chivos expiatorios a los que se hace culpables de todo lo que anda mal en el país. Los inmigrantes de color y los musulmanes son por ahora víctimas propiciatorias del populismo racista de Occidente. Por ejemplo, esos mexicanos a los que Trump acusa de ser violadores, ladrones y narcotraficantes, antes de dictar un decreto que prohibía el ingreso a Estados Unidos a ciudadanos de seis países musulmanes, medida que por fortuna ha sido momentáneamente atajada por la justicia norteamericana.

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El populismo tiene una muy antigua tradición, aunque nunca alcanzó la magnitud que ostenta hoy en el mundo. Una de las dificultades mayores para combatirlo es que apela a los instintos más acendrados en los seres humanos, el espíritu tribal, la desconfianza y el miedo al otro, al que es de raza, lengua o religión distintas, la xenofobia, el patrioterismo, la ignorancia. Por eso prende tan fácilmente en sociedades que experimentan cualquier crisis o situación imprevista.

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¿Se puede combatir el populismo? Desde luego que sí. Los argentinos lo demostraron en la última elección, derrotando al candidato de la señora Kirchner, y están dando un ejemplo de ello los brasileños con su formidable movilización contra la corrupción, los estadunidenses que resisten las políticas de Trump, los ecuatorianos que infligieron una derrota a los planes de Correa imponiendo una segunda vuelta electoral

(…) Sin embargo la derrota definitiva del populismo, como lo fue la del comunismo, la dará la realidad, el fracaso traumático de unas políticas irresponsables que agravaron todos los problemas sociales y económicos de los países incautos que se rindieron a su hechizo.

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Sí: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que sostiene el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular la frase de Horacio por el mantel tan blanco:“Somos engañados por la apariencia de la verdad”.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com