UNO HASTA EL FONDO

Jean Ferry

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco y se dirigió a la Mesa de Novedades. En lo alto de la torre de papel, precisamente en la cúspide estaba el libro El maquinista y otros cuentos (2016, Barcelona, México, Buenos Aires), el único libro en prosa de Jean Ferry (1906-1974) que tomó el tren del surrealismo y supo encontrar una dimensión desconocida del mundo. Malpaso ediciones, observa Gamés, ha entrado al mercado editorial mexicano con mano fina. Ferry fue marinero, guionista, narrador, un hibitué del Café Cyrano en 1940. Tiempo después colaboraría con Luis Buñuel, Louis Malle, Marcel Carné, Henri Clouzot. Gilga recordaba que a Cortázar le encantaba Ferry. Con estas cartas credenciales, Gamés leyó el libro; lo encantó e intentó unos subrayados, pero al final prefirió ofrecer un breve relato completo para este viernes de amigos verdaderos: “Un destino para paseantes”.

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Cuentan que Gengis Khan, tras alcanzar en su avance la cima más alta de los Montes Metálicos, se apeó de su montura y le dirigió la palabra con familiaridad. Tal como aún era costumbre, el conquistador cabalgaba muy por delante de sus hordas.

No era el lugar más indicado para una conversación de ese tipo. Al borde de inmensos precipicios de níquel, dominaba la llanura de acero que inclinaba sus horizontes en una cuesta infinita y azulada hasta alcanzar las lejanas siluetas, apenas visibles, de los vaticanos que debía destruir. En ninguna otra parte los Montes Metálicos hacían tanto honor a su nombre. El volcán que coronaba un pico vecino arrojaba a intervalos irregulares grandes bocanadas de metal fundido. Caían hirvientes cataratas cuyas coladas de fuego se perdían, con atroces silbidos, en un glaciar de aluminio que el sol, entre sus morrenas de cobre rojo, rayaba con cegadoras láminas de plata, ondulantes, como recamadas de lentejuelas. Arroyuelos de mercurio circulaban pesadamente entre guijarros de plomo, sobre el suelo de zinc, y se dividían entre las patas de los caballos que, con grandes ojos soñadores, escuchaba a su dueño sin dejar de pacer el escaso estropajo metálico, la única cosa que llegaba a crecer en aquellos altos inhumanos donde hacía tanto frío.

De pronto, dudando de su suerte y de la sensatez de su empresa, Gengis Khan, henchido de desprecio hacia la humanidad, pidió consejo a su caballo y le preguntó si no era mejor abandonarlo todo, dar media vuelta e ir a esperar la muerte paseando su tienda de pieles peluda y apacible de una punta a otra de la noche siberiana, con las ratas subterráneas. Pero parece que el caballo tenía ganas de ver Roma. Imaginaba sin duda, que era un país propicio a los caballos donde uno de ellos había sido gobernador, aunque es cierto que de forma muy provisional. Pero eso el caballo no lo sabía. Así pues, antes las espectaculares solicitudes de su dueño se limitó a responder: “Sigue cabalgando, no hemos llegado hasta aquí para dar media vuelta, ¡qué demonios!”.

Gengis Khan, que tenía la costumbre de hablarle a su caballo, pero nunca lo había oído responder, volvió a montar, conmocionado por aquel prodigio. Súbitamente, una tristeza mortal le heló la sangre. Pues, más allá de todas las conquistas posibles, entrevió las tierras azules, perfumadas, ubérrimas a las que nunca podría llegar, al otro lado de los mares infranqueables. Y si las hubiese poseído, si hubiese sido necesario perseguir la marcha y la Tierra era en verdad redonda, como algunos pretendían… Una vez conquistado todo, conduciendo sobre sus propias huellas de antaño los pasos de su caballo (o los del otro, puesto que aquel, sin duda, habría muerto tiempo atrás de fatiga y vejez), ¿tendría que atacar sus primeras conquistas y destruirse a sí mismo?

Gengis Khan quiso obligar a su caballo a volver grupas, pero el caballo tenía sus razones y siguió en sus trece, de cara al Oeste. Hombre y bestia forcejearon en silencio un buen rato, bajo un cielo cargado de tinta y reflejos incendiados. Por otra parte, era hora de partir. En el horizonte opuesto, la vanguardia del ejército resplandecía ya bajo el sol oblicuo. Los monstruitos velludos proyectaban tal fuerza a su paso que a Gengis Khan se le retorció el estómago. Gritó erguido sobre los estribos, levantó y bajó el brazo derecho para indicar el camino de las próximas y fructuosas masacres, y el caballo reanudó la marcha.

De aquella lucha permanece aún, en la cima de la montaña, la profundísima huella de una pista cuadrangular, cuyos puntos cardinales corresponden a las pezuñas del caballo, que prefirió hundirse en el suelo antes que ceder a la voluntad de su jinete. Nadie sabe ya quién dejó esa huella: los pastores dicen fueron las hadas y los guardabosques se cuidan de perfilar cada año sus aristas. Y también entre la gente de la región ha acabado siendo un destino para paseantes.

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Sí: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que sostiene el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular la frase de lord Byron por el mantel tan blanco: La sangre sirve solo para lavar las manos de la ambición.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com