UNO HASTA EL FONDO

Compás de espera y secretos

La guerra de Trump se desarrollaba en una aparente calma. A este lado del paraíso los legisladores cerraban filas, el cotarro alborotado soltaba iniciativas a mansalva y Gil recibía una cubetada de agua muy fría, pues la carta del presidente Peña a Trump a la que hizo referencia ayer Gamés había sido publicada con antelación (antelación, ji) en su periódico El Financiero por Jorge Suárez Vélez y entonces ya no había exclusiva. Muchos periodistas juzgan que si su columna no trae una noticia reveladora, no sirve para maldita la cosa.

La carta filtrada del presidente Peña a Trump es un documento bien escrito y mejor pensado, una respuesta en toda la línea cuyo único defecto es que no le fue dada a conocer (ah, la voz pasiva) a la sociedad mexicana. Esa carta le habría traído al Presidente un apoyo inmediato en México. El texto en el cual el Presidente le comunica a Trump que no viajará de momento a Washington aborda el asunto inadmisible del muro, el conflicto de los migrantes centroamericanos que nuestro país detiene y retiene a un alto costo, la guerra contra el narco con el objetivo final de que las drogas no atraviesen la frontera para llegar a los consumidores del otro lado y el pleito con el déficit provocado, según Trump, por el TLC, pleito que en realidad debería afrontar con China. Sus razones (malas razones) tendrá el gobierno de Peña Nieto para que ese comunicado fuera privado. Las ofensas y las amenazas del barbaján han sido públicas, la respuesta debiera serlo también. En fon. Allá ustedes. Cosas que Gilga no comprende, pero ya suman tantas que la enumeración sería tediosa e inhumana.

Sigilosos

Es verdad: algunos columnistas consideran que si su texto no hace estallar un secreto, no es periodismo de fuste, fusta y fiesta. Eso pensó Gil cuando leyó la columna de Salvador García Soto en su periódico El Universal: “Peña y Anaya: El pacto de Los Pinos”. En esta pieza periodística se da certera noticia de que se ha hecho un pacto en Los Pinos contra Liópez, una celada preparada con antelación (ji) para la trapacería de 2018.

Lean esto: “El viernes 20 de enero, pasadas las 10:30 de la noche, hasta la residencia oficial de Los Pinos llegaron en una camioneta Ricardo Anaya Cortés y Santiago Creel Miranda. Entraron por una de las puertas más secretas (…) el dirigente nacional del PAN y su asesor llegaban sigilosos y pasaban directamente al despacho del presidente Enrique Peña Nieto”. A Gil no le cabe la menor duda de que García Soto iba en la cajuela de la susodicha (ji) camioneta sigilosa.

En realidad solo de esta forma podría saber García Soto que pasadas las 10:30 los sigilosos conspiradores entraron por una de las “más secretas puertas” de la residencia oficial de Los Pinos. Los nombres completos de todos los actores le dan una verosimilitud dantesca a las escenas narradas. La noche, la oscuridad, la puerta secreta, los murmullos no tan rulfianos, el pacto contra Liópez, qué cosa más escalofriante y, sobre todo, qué exclusiva de rompe y rásgame el secreto que guardamos celosamente.

Revelación electrizante

Lectora, lector, lean esto s’il vous plaît: “El encuentro fue largo; más de dos horas después, al salir de la casa presidencial pasada la media noche, los panistas llevaban bajo el brazo dos acuerdos y un pacto rumbo al 2018: Josefina Vázquez Mota sería candidata al Estado de México y el PRI reconocería su eventual triunfo; y para la elección presidencial, Peña y su partido ofrecían apoyo al PAN para ayudarlo a ganar la Presidencia y evitar así un posible triunfo de Andrés Manuel L(i)ópez Obrador”.

A Gil se le heló la sangre. Primero porque García Soto estuvo más o menos dos horas, pasadas, debajo de la mesa donde se pactó el futuro de la nación. Debió ser incómodo. Solo así pudo enterarse con tanta precisión García Soto de esta sucia componenda. Ah, chingüengüenchones, ya se supo.

Ahora mal sin bien: dos horas, pasadas, para semejante pacto no parecen fabricar una reunión “demasiado larga”, aunque, se sabe, el tiempo es relativo. Gil ha estado en reuniones más largas y no se ha decidido una elección presidencial ni una estatal. Por cierto, ¿habrá elecciones, urnas, votantes? ¿O de plano también los conspiradores decidieron eliminar estos trámites inútiles?

Suponiendo que la información de García Soto es rigurosamente cierta, entonces su problema no es de volarse las bardas del periodismo, su dificultad atraviesa los límites de la narrativa. Ambos son muy graves si se trata de hacer periodismo. Pasadas las 8 de la noche de un día frío de enero, García Soto entró a su oficina. Su mirada recorrió el despacho desde donde han salido columnas de agárrame porque vuelo y recurrió a sus archivos confidenciales. De uno de ellos que decía “Pacto en Los Pinos” extrajo la fina información de su columna. ¿Por qué lo sabe Gil? Pues porque estaba detrás de la cortina, como Polonio.

Todo es muy raro caracho, como diría Franklin: Tres podrían guardar un secreto si dos de ellos hubieran muerto.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com