UNO HASTA EL FONDO

Lección de lectura

“Nada enseña mejor que la literatura a ver, en las diferencias étnicas y culturales, la riqueza del patrimonio humano y a valorarlas como una manifestación creatividad”.

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco y se acercó a la Mesa de Novedades. En ella encontró un paquete de libros publicados por el SNTE. La colección se llama Elogio de la Educación y reúne a un grupo de escritores en un Consejo de Mentes Brillantes. Gamés eligió uno de ellos: Lección de lectura, un conjunto de textos recuperados de Mario Vargas Llosa sobre la lectura, los libros, el mundo editorial. Gilga arroja a esta página del directorio un puñado de subrayados.

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Para mí un gran libro es aquel que se introduce en mi vida, perdura en ella y la modifica. El primer gran libro que leí fue Los tres mosqueteros, de Alexandre Dumas, cuando tendría unos diez años. Todavía recuerdo la emoción con que seguí las proezas de los cuatro amigos en la corte de Ana de Austria y de Richelieu. Estoy seguro que ellas influyeron en mi predilección por el género de aventuras y en mi pasión por la narrativa.

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Un gran libro para mí es aquel que me obliga a revisar mis opiniones, que de alguna manera me contradice. Eso me sucedió releyendo El hombre rebelde de Albert Camus, hace cinco años. En ese entonces, pensaba que no había más remedio que aceptar, en ciertas circunstancias, que en la historia, el fin justifica los medios. El admirable ensayo de Camus sobre la violencia me convenció de que la única moral histórica aceptable es la opuesta: la de que son los medios los que deben justificar los fines.

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La especialización trae, sin duda, grandes beneficios pues permite profundizar en la exploración y la experimentación, y es el motor del progreso. Pero también tiene una consecuencia negativa: va eliminando esos denominadores comunes de la cultura gracias a los cuales los hombres y las mujeres pueden coexistir, comunicarse y sentirse de alguna manera solidarios. La especialización conduce a la incomunicación social, al cuarteamiento del conjunto de seres humanos en asentamientos o guetos culturales de técnicos y especialistas.

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A diferencia de la ciencia y de la técnica, la literatura es, ha sido y seguirá siendo, mientras exista, uno de esos denominadores comunes de la experiencia humana gracias al cual los seres vivientes se reconocen y dialogan, no importa cuán distintas sean sus ocupaciones y designios vitales, las geografías y las circunstancias en que se hallen e incluso los tiempos históricos que determinen su horizonte. Los lectores de Cervantes o de Shakespeare, de antes o de Tolstói nos entendemos y nos sentimos miembros de la misma especie porque en las obras que los crearon, aprendimos aquello que compartimos como seres humanos, lo que permanece en nosotros debajo del amplio abanico de diferencias que nos separan.

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Nada enseña mejor que la literatura a ver, en las diferencias étnicas y culturales, la riqueza del patrimonio humano y a valorarlas como una manifestación de su múltiple creatividad. Leer buena literatura es divertirse, sí; pero también aprender, de manera directa e intensa que es la experiencia vivida a través de ficciones, qué y cómo somos en nuestra integridad humana, con nuestros actos, nuestros sueños y fantasmas, a solas y en el entramado de relaciones que nos vinculan a los otros, en nuestra presencia pública y en el secreto de nuestra conciencia, esa complejísima suma de verdades contradictorias de que está hecha la condición humana.

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A Borges lo irritaba que le preguntara para qué sirve la literatura. Le parecía una pregunta idiota y respondía: "A nadie se le ocurriría preguntarse cuál es la utilidad del canto de un canario o de los arreboles de un crepúsculo". En efecto, si esas cosas bellas están ahí y gracias a ellas la vida, aunque sea por un instante, es menos fea, y menos triste, ¿no es un poco mezquino buscarles justificaciones prácticas? Sin embargo, a diferencia de los gorjeos de los pájaros o el espectáculo del sol hundiéndose en el horizonte, un poema, una novela no están simplemente allí, fabricados por el azar o la naturaleza. Son una creación humana, y es lícito indagar cómo y por qué nacieron, y qué han dado a la humanidad para que la literatura, cuyos remotos orígenes se confunden con los de la escritura, hayan durado tanto tiempo.

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La buena literatura, a la vez que apacigua momentáneamente la insatisfacción humana, la incrementa, y, desarrollando una sensibilidad crítica inconformista ante la vida hace seres humanos más aptos para la infelicidad. Vivir insatisfecho, en pugna con la existencia, es empeñarse en buscar tres pies al gato sabiendo que tiene cuatro, condenarse en cierta forma a librar esas batallas que libraba el coronel Aureliano Buendía, en Cien años de soledad, sabiendo que las perdería todas.

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Se sabe: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras se acerca el mesero con la charola que sostiene la botella de Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular por el mantel tan blanco la frase de la escritora quebequesa Louise Penny: Es mucho más fácil ser cruel que amable. Hace falta más coraje para ser amable y también te hace más interesante.

Gil s'en va 

gil.games@milenio.com