UNO HASTA EL FONDO

Elogio de la duda

Aprender a dudar es asumir la fragilidad y la contingencia de la condición humana que no nos hace autosuficientes.

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco y se acercó a la Mesa de Novedades del amplísimo estudio. En lo alto de una torre de libros estaba Elogio de la duda de Victoria Camps, filósofa y catedrática española, un ensayo sobre la duda en la historia del pensamiento publicado por Arpa (mayo, 2016).Un remanso en medio del mal humor mundial, la violencia del terrorismo, los discursos en llamas de los populismos. Escribe Camps en el prólogo: “Vivimos tiempos de extremismos y confrontaciones. A todos los niveles y en todos los ámbitos, pero sobre todo en el político. Una actitud que potencian a su gusto escenarios mediáticos y que sube de tono gracias a la facilidad con que las redes sociales brindan la ocasión de apretar el gatillo contra cualquiera cuyo comportamiento o mera presencia incomoda”. Gil transcribe:

La duda ante lo que desconcierta y extraña, en lugar del exabrupto inmediato, sería una forma de reaccionar más saludable para todos. Tomarse un tiempo, pensarlo dos veces, dejar pasar unos días, antes de dar respuestas airadas.

•••

Anteponer la duda ante la reacción visceral. Es lo que trato de hacer en este libro: la actitud dubitativa, no como parálisis de la acción, que también puede llegar a serlo, sino como ejercicio de reflexión, de ponderar los pros y los contras cuando las vísceras están a flor de piel.

•••

Creo que fue Bertrand Russell quien dijo que la filosofía es siempre un ejercicio de escepticismo. Aprender a dudar implica distanciarse de lo dado y poner en cuestión los tópicos y prejuicios, cuestionarse lo que se ofrece como incuestionable. No para rechazarlo sin más pues eso vuelve a ser confrontación, sino para examinarlo, analizarlo, razonar y decidir qué hacer con eso. Debería ser la actitud que acompaña al uso de la libertad, pues, como dijo John Stuart Mill, no es libre el que se limita a sumarse a la corriente mayoritaria. La tiranía de la mayoría, según Alexis de

Tocqueville, es uno de los peligros de la democracia, una amenaza a esa libertad individual que defendemos con tanta vehemencia frente a las mordazas que tratan de imponer los poderes públicos.

•••

Aprender a dudar es asumir la fragilidad y la contingencia de la condición humana que no nos hace autosuficientes. Por eso se inventó la democracia como la mejor forma de gobierno, porque obliga a contrastar opiniones y a escuchar al otro. Pero la necesidad de los otros no ha de impedir la propia individualidad, la madurez que consiste en ser autónomo y pensar por uno mismo y no en buscar para cualquier propósito el cobijo y la seguridad que proporciona el grupo.

•••

Contra los dogmas y los prejuicios hay que esgrimir los valores ilustrados que pueden ser universales sólo porque son abstractos. Para llevarlos a la práctica hay que interpretarlos, lo que implica introducir una dosis de relativismo, otra forma de dudar. Sólo los fundamentalismos esgrimen valores absolutos, irreconciliables con otros valores igualmente importantes. Lo dijo muy claro Camus: “La justicia absoluta niega la libertad”.

•••

La duda es una actitud plenamente humana, de seres limitados y finitos, pero, paradójicamente, no es la actitud más habitual.

•••

Max Weber llamó “abyecta” lo que a su juicio era “la manía clerical de querer tener la razón”.

•••

Quizá siempre haya sido así, que todo lo que suena a moderación y templanza se vende mal. La moderación se muestra como la razón desprovista de pasión.

•••

Si las convicciones contemporáneas no generan entusiasmo, lo que sí entusiasma es lo que se encuentra en el extremo opuesto: el fanatismo. A diferencia de la fe en convicciones abstractas, el fanatismo no relativiza nada, tiene claros cuáles son sus fines y qué motiva sus actos —por Alá, por la integridad nacional, contra los herejes—. La duda no entra en sus cálculos ni siquiera para considerar que el medio más eficaz para lograr sus fines es la violencia.

•••

El fanatismo es un proceder que no tiene nada de irracional: los fines están claros y también los medios para llegar a ellos.

•••

No hay que pensar sólo en las masacres terroristas para señalar el fanatismo. Éste se encuentra también en manifestaciones de la vida cotidiana. En irónico escrito sobre el tema Amos Oz dice que las universidades deberían organizar cursos de “fanatismo comparado” pues hay fanatismos en todas partes. Unos se expresan de forma silenciosa y en apariencia civilizada. Es el fanatismo —dice Oz, aludiendo a su propia existencia— de los “pacifistas deseosos de dispararme directamente sólo por defender una estrategia un poco diferente de la suya para conseguir una paz con los palestinos”.

•••

Que la actitud fanática suela alimentarse de los dogmas y prejuicios de una religión no predetermina que esa religión tenga que conducir necesariamente al fanatismo. Las religiones monoteístas han sido las más proclives a las actitudes inflexibles.

Cierto: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero trae la charola que sostiene el Glenfiddich, Gamés pondrá a circular la máxima de Santayana por el mantel tan blanco: “El fanatismo consiste en redoblar el esfuerzo cuando has olvidado el fin”.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com