UNO HASTA EL FONDO

¿Cómo nos arreglamos?

Se presentaba la segunda edición de Anatomía de la corrupción publicado con el sello del CIDE. Gamés trapeó el amplísimo estudio con su autoestima ciudadana. Gil lo leyó en su periódico MILENIO. La corrupción le cuesta al país 3.8 veces el recorte del Presupuesto de Egresos previsto para 2017, de alrededor de 240 mil millones de pesos. Esto dijo María Amparo Casar en entrevista con Carlos Puig en A las 10. La presidenta de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad se ha dedicado a estudiar con seriedad e inteligencia las cifras de la corrupción. Si usted observa los resultados, el alma se le va a los pies. Dice Casar: “No habría hecho falta ningún recorte si no existiera la corrupción”, equiparable a 1.5 veces el presupuesto asignado al IMSS, o bien 2.5 veces lo que se obtendría por la reforma fiscal. Se trata de costos directos, dijo Casar, sin “considerar las ineficiencias de muchas obras públicas”.

Todos ponen

Sin albur. Resulta que la corrupción está presente en los sindicatos, la iniciativa privada, y los gobiernos, pero también en la ciudadanía debido “a la baja cultura de la legalidad”. Casar ha dicho algo terrible. “Es un gran mito que la corrupción se concentre en el sector público”.

Gil tomó el silicio y se dio dos fuetazos en la espalda: aquella tarde en que le dio a un patrullero 300 pesos para seguir el camino a bordo de su coche, pues Gilga nunca ha usado licencia de manejo, eso es para los que no saben manejar. O bien, aquella noche inaudita, anterior al alcoholímetro, en que Gamés le dio a otro patrullero 500 pesos para que no lo remitiera, pues manejaba con aliento alcohólico, qué dice Gil aliento, huracán alcohólico. Ay, mis hijos corruptos. Y aquel día en que le dijo a un burócrata de ventanilla: no me voy a dar por mal servido y le deslizó un billete de 200. Ah, esa ocasión en la cual le dijo al repartidor del gas: si me surte en este momento le doy una propina de las buenas. Y cuando hubo cortes del fluido eléctrico (así se dice) y el camión de Luz y Fuerza pasaba, Gilga le abanicó en el rostro con cinco billetes de cincuenta al chofer para que restaurara el servicio de la luz. 

¿Es verdad que si uno da un billete a un patrullero, mañana aceptará robar la cuenta pública de su estado? No. Todos seríamos Duarte-Padrés-Duarte-Moreira-Borge y eso incluso matemáticamente no es posible. ¿Es lo mismo deslizar un billete debajo de una ventanilla pública que desviar dinero público para comprar un departamento en Miami? No. Hay faltas menores y robos a mansalva. No vayamos a confundir Duartes con ciudadanos de ilegalidades menores. ¿Todo esto suma una cifra descomunal producto de la corrupción? Sí, de acuerdo.

Honestos a más no poder

Si fuéramos todos ciudadanos finlandeses que nunca se han llevado a casa un lápiz ajeno, habríamos librado las crisis financieras. Solo Dios sabe. Ahora mal sin bien: la corrupción debe combatirse a todas horas y en todo lugar, pero convendría empezar por las grandes cuentas públicas y privadas, esa práctica acaso (gran palabra) sería suficiente para que los ciudadanos de a pie concibieran una vida sin transas menores. ¿Va bien Gil o se regresa, doctora Casar? Nuestros gobiernos son flojos para evitar que sus funcionarios roben, los partidos son laxos (suena a un antiespasmódico) con sus militantes. Y luego, las autoridades permiten, es un decir, que se les escapen los indiciados.

María Amparo Casar ha dicho bien: indagar las ventanas de oportunidad que permitieron los actos de corrupción sería un principio inmejorable. Si Gil ha entendido algo, cosa improbable, la pregunta sería así: ¿por qué es tan fácil robarse la cuenta pública y llevársela a su casa? Esa ventana, ¿se puede cerrar?

La lectora y el lector lo saben, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que sostiene el Glenfiddich 15, Gil pondrá a circular la frase de Séneca por el mantel tan blanco: Lo que las leyes no prohíben puede prohibirlo la honestidad.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com