SOCIEDAD Y DERECHOS HUMANOS

Lo que la visita del papa Francisco, nos dejó

Se fue Francisco y regresamos a nuestra triste realidad con una economía inestable, con la estrepitosa caída de los precios del crudo mexicano, con un dólar más cerca de la barrera de los veinte pesos y con recortes presupuestales que se traducirán en más despidos.

La visita del papa Francisco a nuestro país, fue un acontecimiento de gran trascendencia para la mayoría de los mexicanos, en especial para quienes se consideran católicos, por el reconocimiento de dicho líder como el sucesor de San Pedro y además como representante del Estado Vaticano, lo que dio a su visita dos facetas, la de contar con la presencia de un líder religioso y por la otra la del representante de un Estado.

De ahí que nos queda claro que una cosa fueron los actos multitudinarios como las misas que celebró en las ciudades que visitó y otros los de carácter diplomático por su investidura, ante las autoridades del Gobierno mexicano, algo que para muchos habitantes de este país, quizás paso desapercibido, porque a final de cuentas dio lo mismo ver al presidente Peña Nieto y su esposa recibir al papa en el hangar presidencial, que después verlo en Palacio Nacional y en la basílica de Guadalupe y el hecho de que asignara a prominentes miembros de su gabinete para estar presentes en los Estados que visitó el papa, lo que fue interpretado por algunos analistas, como un exceso o una forma de presionar al alto pontífice, para que en sus discursos, no se hablara directamente de la grave situación de violencia, inseguridad, desapariciones forzadas, narcotráfico, feminicídios y altos grados de pobreza que se han apoderado de entidades como Michoacán y del norte del país.

Para muchos críticos de la visita, el Gobierno federal secuestró la agenda del  pontífice y privilegió el acceso a altos funcionarios para visitarlo, dejando claro que existen dos tipos de mexicanos, los de primera, que se encuentran en la cúpula del poder político y económico y los de segunda representado por todas aquellas personas que hicieron hasta lo imposible por al menos ver al papa desde lejos, sin importar los tiempos de espera, ni las inclemencias del tiempo y así pudimos constatarlo en las imágenes de los recorridos.

Temas como los feminicidios, las desapariciones forzadas, la corrupción gubernamental, la trata de personas, la inseguridad y la impunidad fueron tocados en forma muy leve y respetuosa por el papa Francisco, quién tiene un amplio conocimiento de lo que sucede en el país y seguramente tuvo la presión del Gobierno mexicano para no dar un mensaje a los fieles más crudo de la realidad, porque en todo este estado de cosas, la Iglesia juega un papel muy importante, que ha sido minimizado por los grupos delincuenciales que se han apoderado de pueblos y ciudades, sembrando el miedo entre la población y en casos extremos con la desaparición y muerte de sacerdotes que ha ido en aumento, como una prueba de lo que le puede suceder a aquellos que deciden aconsejar a los ciudadanos para que no se incorporen a las filas de la delincuencia organizada o denunciar a los presidentes municipales o autoridades que se han vuelto cómplices del narcotráfico, de todos estos hechos el papa está debidamente informado.

Sólo a través de los mensajes que dio en las homilías pudo entre líneas plantear su visión de lo que percibió de nuestro país y de sus autoridades. Aunque dudo que sus palabras realmente hayan hecho eco en el pensamiento de nuestros Gobernantes y que la visita cambie la situación de millones de familias sumidas en la marginación y la pobreza o que por ello bajen los niveles de inseguridad o que los grandes grupos empresariales, decidan mejorar los salarios y las condiciones de los trabajadores.

Se fue Francisco y regresamos a nuestra triste realidad con una economía inestable, con la estrepitosa caída de los precios del crudo mexicano, con un dólar cada vez más cerca de la barrera de los veinte pesos y con recortes presupuestales que seguramente se traducirán en más despidos de empleados del Gobierno.

¿Hasta cuándo veremos los beneficios de las reformas estructurales en los bolsillos de las familias mexicanas? Eso, ni dios lo sabe.