VENTANA ABIERTA

“Con un ocho la hago…” (II)

En las fiestas, banquetes, etc., ocasiones socialmente toleradas, no suele,  presentarse episodios de intoxicación alcohólica exagerada, pero es precisamente en este tipo de festejos el momento en el que se instaura una dependencia definitiva al alcohol. Se comienza a beber diariamente, si no es así, aparece irritabilidad, mal humor, insomnio y, a veces, temblor.

El paciente alcohólico empieza a tener la “necesidad” de beber por las mañanas. Ahora las intoxicaciones, las pedas,  son la regla, pero todavía están limitadas a las noches. En esta fase, la tolerancia hacia el alcohol se mantiene o comienza a decrecer. Su vida familiar o social se empieza a ver afectada, baja la eficacia de su vida laboral, lo cual genera ausentismo. El enfermo alcohólico se muestra a la defensiva, evita conversaciones a cerca de la bebida porque teme que la gente sospeche que bebe de manera distinta a la suya. También hace intentos para controlarse o dejar de beber.

Al entrar en una fase más avanzada aumenta la dependencia del alcohol y disminuye la tolerancia. Las actividades sociales, recreativas y laborales disminuyen porque la vida del alcohólico se concentra en la bebida. Empiezan a aparecer serios problemas con su familia y dificultades para cumplir con su trabajo, lo que hace que pierda el empleo. Es ahora cuando las justificaciones del bebedor son muy frecuentes  y sus mentiras, para tratar de ocultar lo evidente, son tan contrastantes con la realidad, que es incapaz para defenderlas durante  más tiempo, que al final, admite tratamiento. Aparecen severas lesiones hepáticas y gastritis y trastornos graves del sistema nervioso central, delirium tremens y otras consecuencias  graves como la  pancreatitis, etc.

Durante el transcurso del alcoholismo pueden ocurrir remisiones espontáneas parciales o definitivas  que pueden presentarse en cualquier etapa de la enfermedad. Hay factores que favorecen la remisión de este padecimiento, como lo son los cambios ambientales, con reducción del stress, el control voluntario de la ingesta de bebidas o la convicción decidida para dejar de tomar. Sin embargo, estos factores muy difícilmente son eficaces si no se lleva a cabo un adecuado tratamiento.


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