VENTANA ABIERTA

La cultura del consumo

Cualquier corporación, desde la universitaria a la de difusión mediática, desde la información a la formativa, está desgastada. Las instituciones fastidian demasiado, aparecen excesivamente pesadas, abusivamente rígidas en relación con la frivolidad, la superficialidad inherente a la ley de la cultura del consumo que nos rige actualmente. El capitalismo de consumo es menos siniestro que el capitalismo de producción, y es, a la vez, mucho más divertido. La importancia de la recreación, la multiplicación de eventos, la valoración del entretenimiento y el colorismo de las compras se han desarrollado como una ampliación de un parque infantil de atracciones.
La desaparición de las utopías es el síntoma político equivalente al desconcierto en la idea del progreso. En estos tiempos,  tan aptos para el confusionismo, gran parte de la sociedad de consumo, no va hacia algún lugar demasiado preciso, hacia ningún objetivo predeterminado y con ninguna fe auténtica. Otro mundo es posible, decimos, pero no se sabe a ciencia cierta, como aproximarnos a él.
El futuro es hoy incierto. Ni hay carreras para toda la vida, ni matrimonios, ni patrimonio, ni casa para siempre. Actualmente, incluso el amor ha pasado a formar parte del mismo sistema de consumo. El universo entero de la enseñanza se encuentra confundido ante el imperio de la inmediatez  y la  dádiva. Ahora no se valora la espera, las cosas, en general,  tienden a no valer nada. La ética del sacrificio o la virtud del esfuerzo para recibir la recompensa después, ya no se trasmite.
La velocidad de la cultura de consumo requiere comunicación interactiva, masiva. Cada vez un número mayor de escuelas a lo largo del mundo utilizan el internet para la enseñanza, y no el libro, que como objeto en sí remite a otra clase de cultura en fase de asfixia y animadversión. Hay una sintomatología de la conversión de los medios impresos en una suerte de reliquia sagrada.  Ahora, la vida misma se vive como el máximo producto de consumo, es la cultura de la era  de la instantaneidad donde las disciplinas filosóficas, ya valieron. Estamos  ante un “tutti frutti” consumista apocalíptico.


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