VENTANA ABIERTA

Tiempos para confundir

Existen personalidades  seductoras que aprovechan estos tiempos de crisis para confundir, que no quieren ni aman  más que a su persona y a sus propios intereses y que son capaces de vender  su propia alma a Satanás para obtener de los influyentes y de los poderosos, sus favores.
Estas personalidades tan frecuentes en tiempos aptos para el descarado  oportunismo, crecen y se reproducen con gran facilidad al amparo de la desvergüenza, bajo protección de intermediarios mentirosos y trepadores. ¿Cómo podemos reconocerlos? Es  tarea difícil en una  época marcada por la  descomposición intelectual, la banalidad  y la propensión a la ruina moral.  ¿Cómo evitar vernos seducidos por estos embaucadores del bien hacer,  tramposos y serviles?, ¿es posible no sucumbir a sus encantos nefastos?
De acuerdo a la teoría dramática, se acostumbra a considerar la obra de los grandes dramaturgos  clásicos como una crítica demoledora de los vicios de la sociedad y de sus hombres. Este tipo de personajes  seductores  se infiltran en  los círculos más honorables, se disfrazan con las máscaras más discretas y practican con complacencia,  al igual que  en el escenario, los valores humanos y las virtudes públicas que entierran hasta la más íntima sospecha del desprecio.
Reptan, anhelantes, despacio, sin ruido, hasta encontrar el lugar en donde hincar su veneno. Son pacientes y aduladores con el poderoso y  con el rico, simpáticos  con el patrón, pero son egoístas y avariciosos con el necesitado. Estos ejemplares depredadores del presupuesto público confunden nuestra realidad con su fantasía. Y como no aprenden ni con desprecios ni con sanciones, ni tampoco con escrúpulos ni con el descrédito de los honestos, serán siempre quienes contribuyan a la banca rota de las relaciones humanas.  
La medida de la transgresión la establece la misma sociedad que está hecha a la manera de espejo de sus transgresores. Es una sociedad que por su ruindad merece ser transgredida. Toda sociedad está hecha a la medida de sus hipócritas y  de sus cínicos que la usufructúan. Así, la ética, “tiene menos categoría  que el estiércol y menos valor que el orín de los perros”


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