VENTANA ABIERTA

¿Tener los hijos que Dios nos mande?

Desde Malthus, que afirmó hace más de 200 años que el crecimiento de la población superaría inevitablemente a los recursos alimentarios mundiales y recomendó la restricción moral como solución, el aumento en el número de seres humanos ha sido un componente fundamental de los marcos hipotéticos del fin del mundo. Existen aproximadamente 93 millones de personas más en el planeta cada año (nacen tres personas por segundo). La cantidad de maneras en que el mundo puede llegar a su fin nunca fue tan elevada. Al igual que al ayer, el hambre y la enfermedad son los marcos más probables. Sin olvidar la guerra, como parte favorita a pronosticar el cataclismo final.Una de las cifras manejadas hace más de 15 años, y que ahora son las que tengo a la mano,  es de 9700 millones de habitantes  para el año 2050, comparada con los 7000  millones actuales, pero las estimaciones para un siglo después,  fluctúan entre los 28.000 y 30.000 millones. Si las tasas de crecimiento actuales se mantuvieran, por ejemplo, en 150 años habría en el mundo más de 700.000 millones de personas.¿Cuánta gente puede albergar el planeta? Según el erudito norteamericano Joel Cohen, que escribió un  libro con este título, las respuestas van  desde 1.000 millones hasta un billón.Sin embargo los cálculos sobre el espacio vital mínimo fracasan a la hora de tener en cuenta una serie de factores biológicos, sociales y psicológicos.Por ejemplo,  un mundo en el que el que el número total de especies se midiese por centenares, en lugar de por millones, probablemente sería inestable desde el punto de vista biológico. Y si los recientes estallidos de violencia, muchas veces son generados porque en las grandes ciudades el ruido, la contaminación, etcétera, son una medida de la alta densidad de población y, por tanto, indirectamente del crecimiento de la población humana, ¿qué otros conflictos surgirían si las multitudes fueran ilimitadas?Aquello de que hay que tener los hijos que Dios nos mande, suena a irresponsabilidad y ceguera fanática ante una verdadera amenaza para el futuro de la humanidad. 


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