VENTANA ABIERTA

Coahuila y el combate a la pobreza

Hace unos días escuché al Gobernador Rubén Moreira Valdez durante su segundo informe de gobierno señalar que Coahuila está en el segundo lugar a nivel nacional en el combate a la pobreza; esto es, sin duda alguna y dadas las circunstancias, un importante  y loable esfuerzo que merece especial mención. Enhorabuena.
Millones de personas en México viven en la pobreza, algunos otros millones, en la pobreza extrema. No obstante, la pobreza no es una condición humana como muchos piensan. La pobreza es antes que nada una situación social, lo que significa que no se puede definir de un modo estacionario, es decir, como un simple estado carencial. No solo se es pobre, también se deviene en pobre a lo largo de un proceso progresivo de vulnerabilidad y exclusión, donde cada una de cuyas etapas y avances vitales concretos nos informa de una dimensión organizada del sistema que la genera. La familia monoparenteral que se queda sin recursos, el desempleado, el joven inhabilitado por falta de preparación que opta por la emigración o el ingreso en las bandas del crimen organizado, no son figuras abstractas, indefinidas de la pobreza: son vidas destrozadas de diferentes maneras, a lo largo de un proceso que los conduce a la calle.
Existen muchas personas en México que hoy viven en la pobreza, pero que solamente doce años atrás, este hecho hubiera sido impensable. En sus vidas irrumpió la contingencia más despiadada, aquello que nunca se pensaba que nos podría pasar pero que posee causas estructurales perfectamente identificables. Cada rostro de la pobreza es el efecto de esas causas. Sin embargo, cada una de estas vidas está tocando fondo en un sótano indiferenciado en el que pocos poderes políticos se atreven a mirar.
La  profundidad de la pobreza está mirando el interior de nuestros sistemas políticos, señalando sus límites y exclusiones distributivas. Las protestas sociales, cada vez más indignadas, aparecen en los medios satanizadas, a veces tratadas como hordas salvajes que toman las pacíficas calles de las grandes ciudades.   No hay peor ciego que el que no quiere ver.


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