Capitolio

El rasero de las urnas

"Jamás aprendimos a ser oposición”, me dijo hace poco un amigo, ex diputado del PRI. Una institución que gobernó por más de setenta años, difícilmente puede serlo. Menos ahora que ocupa de nuevo la presidencia. ¿Por qué el PAN duró en Los Pinos solo doce años? Porque en democracia el poder se alterna y es raro que un partido gane tres elecciones consecutivas. Esa potestad le permite a la ciudadanía votar incluso contra gobiernos eficientes como el de Bill Clinton.
En su búsqueda de cambio y mejoría, los ciudadanos se equivocan por creer todavía en charlatanes y en vendedores de humo. El periodista francés Albert Guinon advertía al respecto: “Cuando no se elige al más animal de todos, parece que realmente no es democracia”. Ejemplos existen no solo en México, sino en sistemas políticos consolidados como los de Estados Unidos y el Reino Unido, donde, sin embargo, el riesgo es menor por la capacidad de su sociedad para reaccionar.
La permanencia prolongada de un partido en el poder, al final, juega en su contra. Primero, porque se corrompe; y segundo, porque se le acaban los argumentos y se vuelve odioso. La presidencia de Peña registra hoy un desgaste desmesurado respecto al tiempo que lleva de ejercerla, no solo por su doctrina fiscal, antipopular y equivocada, la cual implantó sin atender las voces de la sociedad y de los sectores productivos, sino también por la carga histórica de su partido.
Hablar de oposición remite al PAN, fundado en 1939. La primera alcaldía que se le reconoció fue en 1946, en Quiroga, Michoacán, donde postuló a Manuel Torres Serranía. El primer gobierno estatal lo conseguiría más de cuatro décadas después, en 1989, con la victoria de Ernesto Ruffo en Baja California, tras los fraudes cometidos en San Luis Potosí, Chihuahua, Nuevo León y otros estados.
El ascenso de las izquierdas tampoco ha sido fácil. A partir de su cohesión en el PRD, con ex militantes del PRI, facciones comunistas y grupos extremistas, se convirtieron en opción real. En un sistema auténticamente democrático, la primera alternancia habría sido hacia la izquierda, en 1988, y no hacia la derecha doce años más tarde. El problema son sus divisiones y sus bandazos. Ayer repudió a Calderón y hoy está en brazos de Peña.
La alternancia tiene otra virtud: desenmascara. Bastó que el PAN y el PRD accedieran al poder para descubrir su condición humana y confirmar la sentencia de Rousseau “La democracia perfecta solo puede existir en una sociedad de ángeles”. El PAN y el PRD pueden ser tan corruptos e ineptos como el PRI y viceversa. Sin embargo, cuando se trata de plantar cara al gobierno, y a pesar de que ellos mismos lo son en distintos ámbitos, los partidos que sí han sabido ser oposición conectan mejor con la sociedad e impactan más.
Los costos políticos del paquete fiscal los pagarán el PRI y el PRD. La posición del PAN en el Senado se traducirá en votos para sus candidatos en las elecciones locales y federales, sobre todo en los estados fronterizos por el aumento del IVA. Tampoco es nuevo. Si Calderón y su partido fueron castigados en las urnas por la inseguridad y sus dislates, la factura por la subida de impuestos y sus consecuencias —menor crecimiento, mayor desempleo y pérdida de bienestar— también tienen destinatarios: Peña y el PRI. m


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