Capitolio

La pluma de Scherer

“Era un hombre limpio en un país sucio”. La descripción de Elena Poniatowska sobre Julio Scherer, honra al reportero de México por antonomasia y debe avergonzar a las instituciones nacionales, sumidas en una de sus crisis política y moral más profunda. Tras el golpe de poder que provocó la destrucción de “Excélsior”—con Díaz Ordaz en la Presidencia y Luis Echeverría en Gobernación—, Scherer y su equipo entregaron a los mexicanos el semanario de investigación y análisis más lúcido, azote de periodistas deshonestos y políticos corruptos. Esa exclusividad la perdió el PRI con la alternancia, pues el PAN y el PRD también utilizan el poder para lucrar, a costa del país y de los pobres.Para los políticos que piensan que escribir es oficio de holgazanes (y peor aún, lo declaran ante sus bufones), cuando en vez de halago reciben crítica, la ganadora del Premio Cervantes 2013 y autora del cuento infantil (no político) “El burro que metió la pata” (sin alusiones personales, pues hay quienes la meten un día sí y otro también) tiene una respuesta irrefutable: “Escribir a veces es una chinga. Cuando veo lo que hay afuera digo: ‘¿por qué no estoy afuera haciendo la vida en lugar de estar encerrada, atornillada a una máquina de escbirir?’”.En el programa de Carmen Aristegui en CNN, Poniatowska contrastó la carrera de Scherer con las de un par de periodistas de los sesenta, temibles, influyentes, ricos, adosados al poder: Carlos Denegri, quien murió asesinado por su esposa, y Ernesto Teissier. Eran los tiempos de cuando la verdad la dictaba el Estado. De ahí la trascendencia de Scherer, cuya regla fue: “Claridad en mi trabajo y penumbra para mi persona”. La atención debe centrarse en el hecho, en la sociedad; también en el político, el líder, el empresario y el periodista venales, para denunciar sus atracos, no en quien presenta la noticia. Excepto cuando el periodista lo es, como sucedió en el atentado contra el semanario “Charlie Hebdo”.Visité a don Julio un par de veces en sus oficinas de la revista “Proceso”, en Fresas 13 de la Colonia del Valle, en la Ciudad de México, entre 1992 y 1993. Aprecié su paciencia y calidez, como las que todo maestro generoso y rico de espíritu dispensa a sus alumnos. Otras veces le saludé en el restaurante “Las Mañanitas” del hotel Camino Real. Su muerte se lamenta por lo que significó para el país y por el vacío que deja. El “no pago (publicidad) para que me peguen (critiquen)”, norma de López Portilloaún vigente, fue para Scherer y su semanario. Echeverría y López Portillo, los presidentes que más daño quisieron infligirle, fueron condenados por la historia. Don Julio, en cambio, es exaltado. Lección que acaso los políticos jamás entenderán.Pedro Ferriz de Con, otro de los periodistas críticos del poder y también objeto de censura, cuestionó la honorabilidad de don Julio cuando informó que el director de “Proceso” había depositado cinco millones de dólares en Estados Unidos (“Para Empezar” 25.9.95). El episodio lo recordó el mismo Ferriz, en la conferencia “La Revolución del Intelecto en el Periodismo” que dictó el 14 de julio de 2014 en Saltillo: “Me equivoqué, falté al rigor periodístico y lloré por mi error. Tiempo después, Julio y yo nos encontramos, le pedí perdón y nos abrazamos como hermanos”. 


gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx