Capitolio

El petróleo y el futuro

La ruptura del PRI de 1988, causada por la imposición de Carlos Salinas como candidato presidencial, suprimió de ese partido el pensamiento de izquierda —Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, Andrés Manuel López Obrador y otros líderes sociales renunciaron para fundar el PRD—, sepultó su esencia revolucionaria y abrió paso al noeliberalismo económico que terminó con la reforma agraria y ahora con el monopolio estatal de la energía y los hidrocarburos.

Manuel Bartlett fue uno de los rescoldos del PRI de esa corriente nacionalista. El ex secretario de Gobernación visitó Saltillo hace cuatro años, invitado por el PRI, para atizar la oposición contra los intentos del presidente Felipe Calderón de abrir Pemex a la inversión privada, nacional y extranjera, que hoy aplaude sin reparos Manlio Fabio Beltrones, líder de la bancada del PRI en la Cámara baja. Bartlett claudicó al final y ahora es senador por el PT. El descaro en política no tiene límites y uno de sus prototipos es, justamente, Beltrones, cuyo protagonismo tras el asesinado de Luis Donaldo Colosio jamás se ha esclarecido. —Veamos hacia delante, no nos detengamos en minucias —le dijo hace unos días a Carlos Marín, cuando este le preguntó sobre la protesta social y los alcances que podría tener por la reforma energética. Uno de los mayores aliados de los políticos mexicanos es el olvido.

En Estados Unidos y otros países de menor peso se exhibe y persigue a los políticos que incurren en actos de corrupción y delitos graves, hasta obligarlos a renunciar y sus carreras terminan; la de algunos, incluso, tras las rejas. Si en México existiera estado de derecho, lo mismo habría sucedido con Beltrones y los ex gobernadores de Coahuila, Humberto Moreira y Jorge Torres; de Veracruz, Fidel Herrera; de Durango, Ismael Hernández; de Tamaulipas, Tomás Yarrington y Eugenio Hernández; de Aguascalientes, Armado Reynoso; de Chiapas, Juan Sabines; el coordinador de los senadores del PRI, Emilio Gamboa y muchos otros. La reforma energética, propuesta por el presidente Enrique Peña y profundizada por el PAN, ofrece dos ángulos positivos y a la vez discrepantes: 1) la posibilidad de que el país supere, por fin, dogmas y ataduras que convirtieron a Pemex en uno de los monopolios más corruptos e ineficientes del mundo; y 2) la existencia de fuerzas políticas y sociales opuestas, pues de estas pueden derivar políticas que concreten la intención de hacer del petróleo “palanca para el desarrollo” y no mero botín del grupo en el poder y de las transnacionales. El éxito de la reforma energética, bienvenida por las cúpulas empresariales de México y por inversores y medios de comunicación extranjeros, la determinarán el tiempo y la forma como se instrumente. Por lo pronto, se reconoce el mérito del presidente para empujarla y del PAN para darle mayor horizonte. Es prematuro echar las campanas al vuelo. Pero si los cambios a la Constitución y las leyes secundarias permiten que el país se beneficie de la riqueza petrolera —no con baratijas como la reducción de tarifas eléctricas y el precio de los combustibles que ofrece el anodino líder del PRI, César Camacho—, se dote al país de infraestructura y se abata la corrupción, el paso habrá valido la pena. Si no, será un nuevo fracaso y el triunfo moral, de nuevo, corresponderá a la izquierda.

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