Capitolio

Ni partido ni poder


Bastó que el PAN asumiera el poder para confirmar que la única diferencia entre los partidos son sus siglas y sus vínculos con los medios de comunicación. De los tres partidos importantes (el PRI y el PRD son los otros), Acción Nacional es el que peor prensa tiene. Sobre esa relación tóxica, Edmundo Gurza Villarreal —uno de los símbolos del PAN decente de Coahuila y el país— me declaró en 1996 que su partido debía cambiar de actitud con los medios para ser mejor comprendido y menos vilipendiado. El recelo del panismo hacia los medios —dijo— surgió desde la fundación de su partido, en 1939. En el siguiente medio siglo, para la prensa no existía más partido que el oficial. “El candidato del PRI a la Presidencia visitaba cualquier ciudad y los periódicos le dedicaban las ocho columnas. Y cuando el nuestro hacía campaña, la nota aparecía escondida, en páginas interiores”. La entrevista con Gurza, uno de los panistas más valerosos, críticos y congruentes, fue por la primera victoria que al PAN se le reconoció en Torreón. Jorge Zermeño había derrotado al priista Salomón Juan Marcos Issa.

Fallecido en 2001, Gurza fue aspirante a todo: regidor, alcalde, diputado, gobernador. En esos tiempos —los años sesenta—, al PAN le faltaban candidatos y le sobraban ilusiones. De uno de esos procesos, que cubrí como reportero, recuerdo cuando su esposa Hermelinda blandió su dedo índice frente a mi nariz y con voz estentórea reclamar: “Prensa vendida, denuncie que hubo fraude. El PRI rellenó las urnas y se robó la elección de nuevo”. Gurza fue candidato a alcalde de Torreón en 1978. Aseguró haber ganado y muchos lo dieron por sentado, pero el Congreso dio el triunfo a Homero del Bosque (PRI). Un año después, llegó a la Cámara de Diputados y en la primera sesión se levantó de su curul e interpeló al presidente López Portillo, quien rendía su quinto informe: “Miente, en Coahuila no hay democracia”.

Para 1997, el PAN gobernaba ya varios estados —Baja California, Chihuahua, Guanajuato y Nuevo León— y un buen número de capitales (entre ellas, Saltillo). También había aumentado su presencia en las cámaras de Diputados y de Senadores. Aún conservaba prestigio. Paradójicamente, el declive empezó cuando debería haber ascendido: al ganar —tenía que ser con Fox— la Presidencia. Pasó lo que algunos líderes del PAN han admitido: “ganamos el poder, pero perdimos el partido”. Y al final, ni partido ni poder. Aun así, el PAN no ha modificado su trato con los medios. A la mayoría los cree corruptos; y en determinados casos no se equivoca. Incluso a uno de los periódicos más plurales y comprometidos con la democracia, como “Reforma”, el coordinador de los diputados de Acción Nacional, Luis Alberto Villarreal, lo acusa de orquestar campañas en su contra ¡para “desprestigiarlo”! Sin embargo, fue Ismael Pérez Ordaz, alcalde panista de Celaya, Guanajuato, quien denunció que desde la fracción parlamentaria de su partido le exigieron una comisión de treinta y cinco por ciento sobre los fondos federales canalizados a su municipio.

Todos los partidos son corruptos, unos más que otros. No de balde ocupan los últimos lugares en las encuestas nacionales de confianza, junto —y a veces por debajo— de las policías, el Congreso y los sindicatos. Acción Nacional no puede quejarse ya de que los medios le regatean espacios; algunos quizá todavía. Hoy es cuando, en medio de los escándalos, quisiera ser ignorado. Mas, como la mujer del César, el PAN no solo debe decir que es honrado, sino además parecerlo.

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