Capitolio

El obispo en el Congreso

La vuelta a lo religioso que André Malraux planteaba como condición para que el siglo XXI pueda serlo, la explican varios fenómenos. Uno es la insatisfacción de quienes poseen riqueza, poder y toda clase de bienes materiales, pero interiormente están vacíos; otro, el constante empobrecimiento del mundo; y un tercero, acaso el de mayor importancia, la necesidad creciente de una vida espiritual que brinde sentido a la vida y cure los desengaños de utopías incumplidas.El papa Francisco ha dicho que la multiplicación de pobres conviene a los políticos, pues crea legiones que dependen de la ayuda gubernamental, casi siempre clientelar. El paternalismo trata, precisamente, de crear dependencias para que el Estado sustituya no solo la iniciativa individual, sino incluso a las iglesias en algunas de sus funciones. Sin embargo, como el modelo se basa en recursos limitados y en prácticas corruptas, los males que deja siempre son mayores y al final solo beneficia a los poderosos.Desde el papado de Juan Pablo II, el Vaticano promueve con mayor intensidad un diálogo interreligioso en un mundo globalizado y con distintas creencias. La idea consiste en buscar un entendimiento que contribuya a los propósitos de cada una de ellas, que no son otros que la paz, la justicia, la plenitud y la salvación de las almas y de las personas. Los avances han sido notables, aunque existen todavía fanatismos por vencer.Una investigación del Pew Research Center, de Estados Unidos, difundida a finales del año pasado, revela que el ochenta y cuatro por ciento de la población mundial está afiliada a una religión. El estudio reunió datos de doscientos treinta países y analizó más de dos mil quinientos censos. “Los cristianos”, dice el trabajo, “son el más grande grupo religioso, con el 31.5 por ciento de los creyentes, seguido por los musulmanes, que llegan al 23.2 por ciento. Los cristianos son también los más distribuidos a lo largo del mundo”.En este contexto, la presencia del obispo de Saltillo, Raúl Vera López, ayer en el Congreso, para disertar sobre los derechos humanos de los migrantes, junto con Rodolfo García Zamora, experto en migración, remesas y desarrollo regional, es relevante porque abre un diálogo público entre la iglesia y los poderes públicos, sin los prejuicios de antaño, que siempre ha existido de puertas adentro. La laicidad del Estado está fuera de toda discusión, lo mismo que la importancia de las iglesias en la vida de millones de personas.La Iglesia católica tiene una agenda social y económica que en algunos casos rebasa a la de los gobiernos, justamente por su vinculación con la sociedad y su comprensión del mundo. Son los casos, precisamente, de los derechos humanos, la defensa de los emigrantes, la búsqueda de desaparecidos, el cuidado del medio ambiente y la denuncia de sistemas opresores cuyo éxito se basa en la explotación de los pobres. Las iglesias, en particular las cristianas, pugnan porque la persona vuelvan a ocupar el centro de toda actividad humana, política, social, científica, económica. Bien por el Congreso, cuyo líder, Eliseo Mendoza, esta vez cuidó con celo el equilibrio entre poderes. Bien por el obispo Raúl Vera, por su verdad, que cala y convence, y bien por el gobernador Rubén Moreira, por propiciar este clima de diálogo y distensión. Los tiempos lo imponen. 



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