Capitolio

Por un nuevo arreglo

El PAN falló como gobierno y el PRI como oposición; y de nuevo en el poder, vuelve a fallar. Acción Nacional, porque en doce años fue incapaz de construir una gobernanza democrática; y el Partido Revolucionario, por no haberse transformado. Se limitó a esperar a que la rueda de la fortuna lo situara de nuevo en lo más alto. La consecuencia es lo que hoy vemos: insurgencia. La ex secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, la observó primero que nosotros y en lugar de que el presidente Felipe Calderón aceptara esa realidad, la evadió. Las reformas no pueden festinarse como el presidente Peña y el Congreso lo hacen, acaso con la intención plausible de subir la moral de una sociedad huérfana de triunfos, porque el país no está para celebraciones. Máxime cuando no hay nada qué celebrar todavía. El presidente puede cambiar de secretarios —lo cual debe suceder pronto por la inoperancia del gabinete— y de estado de ánimo. Para reponerse del tropiezo que en Davos representó el conflicto en Michoacán, enseguida viajó a Cuba para que los hermanos Castro, zorrunos, le endulzaran los oídos. Lo que jamás podrá acomodar a sus deseos es la realidad. El Pacto por México naufragó por las reformas. El PRI se retrató con el PRD en la fiscal, cosa que el sacerdote Alejandro Solalinde recriminó en su cara a los líderes del hasta hoy principal partido de izquierdas (pronto lo será el Movimiento de Regeneración Nacional de Andrés Manuel López Obrador). Y con el PAN lo hizo en la energética. El problema es que ni una ni otra se consultó a los ciudadanos, lo que explica el repudio por reformas necesarias pero mal implementadas. Una, la fiscal, castiga a la mayoría ya no tan silenciosa y la otra se ve con más recelo que los votos de pobreza y castidad de Marcial Maciel. El país necesita con urgencia un nuevo arreglo, duradero y estable. Mas no se conseguirá mientras el gobierno y los partidos ignoren a la sociedad que es, a fin de cuentas, su sostén, su fundamento. El apoyo que en algunos estratos existe por las autodefensas —lobos con piel de cordero que Colombia padeció en su peor momento, como ahora México— surge precisamente de su desprecio por los poderes públicos y las burocracias partidistas a los que identifican con la causa de sus males: inseguridad, violencia, corrupción, impunidad, injusticia.

La mayor prueba es que ni el noventa y cinco por ciento de los votos captados por el PRI, el PAN y el PRD —los firmantes del Pacto por México—, en las elecciones presidenciales de 2012, ha bastado para darle al país seguridad, rumbo y certeza. Porque los votos no pertenecen a los partidos ni a los gobiernos, sino a los ciudadanos que los eligen, aunque después, como sucede ahora, se den contra una pared. Son los riesgos de la democracia.

Y si no deseamos que los costos sean tan grandes, debemos aprenderse a elegir mejor. Mas siempre habrá remedios. ¿Cuál le queda a México? El doctor Ernesto Zedillo lo prescribió en Davos, con la hondura y parquedad de los sabios: tres cápsulas de estado de derecho. El país necesita reconciliarse, sí. Pero mientras no vea que la ley se aplica sin sesgos partidistas ni distingos económicos, mientras a los corruptos que causaron la crisis actual los vea libres, jamás creerá ni sumará su esfuerzo al de un gobierno que pide sacrificios sin ofrecer ninguno ni renunciar a privilegios. El filósofo español Ortega y Gasset recuerda que “El mando debe ser un anexo de la ejemplaridad”.

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