Capitolio

Bajo el mismo techo

Dos de los tres ex gobernadores de Coahuila que pueden presentarse en público —así como el de turno— coincidieron el viernes pasado en un restaurante de la capital. Tres épocas, estilos, principios y finales distintos. De ese bloque, todos fueron previamente diputados federales: Eliseo Mendoza, Rogelio Montemayor y Rubén Moreira. De los cinco ex mandatarios que aún viven, tres estuvieron en el ojo de la tormenta por distintas causas; dos todavía siguen y lo estarán mientras la justicia no brinde a los coahuilenses una satisfacción por la súper deuda que heredaron: Humberto Moreira y Jorge Torres.
“Antepasado, pasado, presente y futuro”, resumió uno de los concurrentes. Y es que esa mañana el gobernador Rubén Moreira desayunó con el subsecretario de Desarrollo Social —y ex secretario suyo en Fomento Económico— Javier Guerrero, una de las figuras más sólidas —no la única— para la sucesión estatal de 2017. Moreira y Guerrero, lo mismo que Enrique Martínez, colaboraron en el gobierno de Mendoza Berrueto. Podría decirse que de esa administración surgieron dos gobernadores, pero no, cada uno responde a sus propias circunstancias.
Martínez es, de los ex gobernadores de Coahuila, el más encumbrado, como Miguel Ángel Osorio lo es de Hidalgo. Ser titular de Agricultura le brinda acceso directo al presidente, aunque no tenga la autonomía que quisiera ni el control total de la Secretaría, por el modelo centralista de Peña Nieto. Los secretarios de estado, como en las monarquías parlamentarias, reinan, pero no gobiernan. Una de las sorpresas en el gabinete fue Enrique Martínez.
Cuando se dice que el gobernador Moreira tiene en Martínez una figura que lo opaca, en Coahuila y en la capital del país, no es estrictamente cierto. Quien, en todo caso, le causa problemas, es su hermano Humberto, por su protagonismo. Gobernadores desdibujados son Eruviel Ávila, del Estado de México, y Francisco Olvera, de Hidalgo, cuyos predecesores son Peña Nieto y Osorio Chong —debajo de los cuales existe una cauda de funcionarios con influencia en Los Pinos—, ellos sí con poder real.
¿Tiene algún significado que antepasado, pasado, presente y futuro hayan coincidido bajo el mismo techo el 10 de enero? Ninguno. El poder lo ejerce quien lo ostenta y cualquier intento de extenderlo más allá de su periodo es vano. Lo destacable para los amigos de Eliseo Mendoza, entre los cuales me incluyo, es que el ex gobernador se reúna periódicamente con sus ex colaboradores, simplemente para honrar la amistad; no para rumiar amargura, fraguar intrigas ni intercambiar nostalgias.
También es encomiable que a sus ochenta y dos años, Mendoza Berrueto, quien dejó finanzas sanas y dotó al estado de su mayor fuente de ingreso —el Impuesto Sobre Nóminas— permanezca activo como presidente de la Junta de Gobierno del Congreso local. Tiene otro mérito: fue uno de los gobernadores que en el sexenio de Salinas pudo terminar su gobierno, cosa que no lograron más de la mitad de sus colegas de la época. Entre otros, Xicoténcatl Leyva, Luis Martínez Villicaña, Mario Ramón Beteta, Fausto Zapata, Guillermo Cosío y una decena más.
Si gobernar es ahora un ejercicio rudo y complejo, se debe en parte a quienes lo han envilecido y tomado como medio para enriquecerse, pactar con fuerzas oscuras y entregarse al ocio y la disipación. Pocos cumplen el credo juarista y pueden presentarse en cualquier escenario sin temor a sentirse repudiados por su actos y obras malas ni a figurar en la lista de “Forbes” de los más corruptos.

gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx