Capitolio

Un mar de distancia

En política todo tiene una intencionalidad. Cuando el tercer informe de José de las Fuentes duró cuatro horas, el cotilleo fue que “también había leído la copia”. El gobernador respondió con esa prueba de esfuerzo y concentración a quienes lo renunciaban un día sí y otro también. El argumento era que estaba enfermo. Para vacunarse, su sucesor, Eliseo Mendoza, le dijo un día al presidente Salinas que uno de los pasatiempos preferidos de los coahuilenses consistía en apostar cuándo caería el gobernador. El líder actual del Congreso terminó el sexenio, no exento de sobresaltos y presiones, cosa que no consiguieron dieciocho de sus colegas.
El segundo informe de Rubén Moreira fue inusitadamente prolijo. Abarcó ocho horas. Cuatro de lectura. El resto lo consumieron el mensaje del representante presidencial, Alfonso Navarrete, el posicionamiento de las fracciones políticas representadas en el Congreso y las réplicas del gobernador. El ejercicio es propio de los sistemas parlamentarios. En México, por lo tanto, es novedoso. Para el primer informe del presidente Peña Nieto se planteó un formato semejante, quizá animado por el Pacto por México, pero al final no se concretó.
Consumido el primer tercio del sexenio, resulta claro e inobjetable que entre Rubén Moreira y su hermano Humberto —aquejado de nostalgia y protagonismo— existe literalmente un mar de distancia. Por sus alcances, formación y por la manera de ejercer la responsabilidad. Humberto no rendía informes, presentaba resultados; es decir, lo que convenía para el lucimiento. ¿Cuándo presentó estados financieros y habló sobre la deuda y su destino? Tampoco nadie lo cuestionó al respecto. Rubén es el gobernador que más ha utilizado la tribuna del Congreso, lo cual, en un sistema no parlamentario, no es necesariamente positivo en términos de separación de poderes.
Cuando Humberto Moreira presentó su segundo informe en el Congreso, fue interpelado por las oposiciones. “La falta de respeto” —así la llamó él— contrariaba sus planes futuristas y desmentía la imagen, fabricada a un altísimo costo para el estado, de ser un gobernador popular entre tirios y troyanos. Enfebrecido, pronunció entonces uno de los apotegmas que le dieron celebridad: “los diputados del PAN se metieron al callejón de los trancazos”. Jamás regresó al Congreso.
Rubén Moreira ha devuelto a los informes de gobierno su sentido original, de comparecencia ante la representación de los coahuilenses. No para decir solo lo bueno, también para aceptar rezagos. Si López Portillo pidió perdón a los pobres por no haberlos sacado de su postración, Moreira pidió disculpas a las familias de los desaparecidos “por no poder responder de inmediato al justo reclamo de que ellos regresen”. Humberto no se disculpaba, respondía a trancazos.
Rubén Moreira necesitaba darle a su informe no solo contenido, sino orientación política, llenar vacíos, inmunizarse. ¿Qué fue largo? Demasiado. En el futuro el formato deberá modificarse: informar lo sustancial y dejar para las comparecencias de los secretarios el detalle. Y no solo mantener el debate con los diputados, sino ampliarlo y darle difusión. Lo meritorio es que en dos años, el gobernador haya estabilizado un estado que recibió en condiciones críticas. Incluso se dudó de si podría conseguirlo, justamente por lo delicado de la situación, agravada por el fanatismo de su hermano Humberto. Pasada la emergencia, y si no se relajan los controles, deben venir años de consolidación y crecimiento.



gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx