Capitolio

El malo de la película

Estados Unidos no solo evita la eliminación directa de los ratones verdes del mundial de Brasil. También proporciona a gobiernos en crisis, como los de Dilma Rousseff (Brasil), François Hollande (Francia) y Enrique Peña (México), fuegos de artificio para distraer la atención de sociedades inconformes y movilizadas por la corrupción, la falta de crecimiento, el alza de impuestos y reformas impopulares como la energética. Tal función la cubre, en la circunstancia actual, el espionaje, tema siempre apasionante. Unos más que otros, los tres presidentes se han escandalizado. Incluso Felipe Calderón le entró al juego de los agravios.

El hombre espía desde que lo es y las potencias lo son por su superioridad respecto a la mayoría de los países. La primacía se ha impuesto, según el tiempo, a través de la fuerza bruta, la disciplina, las armas, la riqueza, el dinero, la información, la ciencia y la tecnología. Las que fundan su liderato en el conocimiento resultan duraderas; y las que además son democráticas, adquieren estabilidad y logran mejores niveles de progreso, bienestar y felicidad para sus habitantes.

Espiar encierra, en el caso de las superpotencias, un contrasentido, pues al acechar al vecino, al socio, al aliado y al enemigo demuestran que son vulnerables no pueden controlarlo todo por vías convencionales y deben recurrir a métodos que todo el mundo censura pero a la vez practica. La historia está colmada de espías y traidores. Unos alegan justicia, patriotismo; otros, motivos morales, pero a la mayoría la mueven razones mundanas. En el pasado existieron Assange, Manning, Snowden, solo que sin las herramientas que hoy los convierten en amenazas para la seguridad de potencias y países subdesarrollados, lo cual solo se explica en el mundo libre.

Espía más quien posee mayores recursos y más tiene que perder. Después de los atentados terroristas del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, y los posteriores en Madrid y Londres, el concepto de seguridad cambió porque las circunstancias lo impusieron. En este juego, Estados Unidos lleva la batuta. Todo el mundo lo sabe, lo acepta y muchos incluso lo agradecen. Por eso su parsimonia cuando se le piden explicaciones. El Tío Sam sirve de coartada aun para lunáticos en apuros como Nicolás Maduro y en su momento Hugo Chávez; o para dictadores como los hermanos Castro.

Dilma Rousseff usa la tribuna de la ONU para rasgarse las vestiduras porque Estados Unidos la espía. Peña Nieto finge indignación por la misma causa; en su caso, antes de ocupar la presidencia. Hollande se declara extrañado de que un aliado lo trate como si no lo fuera. Y Felipe Calderón se dice traicionado. El juego es el mismo, llamar la atención, distraer de problemas nacionales —sociales y económicos— cada vez más profundos. Y Estados Unidos ni se inmuta.

Pero así como todos los estados espían, de acuerdo a sus alcances e intereses, también lo hacen las corporaciones, los laboratorios, los medios de comunicación, las instituciones financieras, los gobiernos locales. Lo mismo sucede en los ámbitos científico y tecnológico, incluso en el deporte. La información —confidencial o no— brinda ventajas que a la postre pueden determinar el éxito propio, aunque inmoral, a costa de la quiebra del amigo, del competidor, del contrario. Estados Unidos dejó hace mucho tiempo de ser el único malo de la película.

gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx