Capitolio

La frontera del caos

La escasa aprobación del presidente Enrique Peña se ha convertido en asunto de estado. El país no levantará solo con retórica ni sesiones de autoestima; si fuera el caso, el expresidente de Brasil, Luis Inácio Lula da Silva, jamás se hubiera atrevido a mirarnos por encima del hombro. México necesita una nueva reforma fiscal que estimule el crecimiento, la inversión, el empleo y el bienestar. Pero mientras el gobierno se mantenga en sus trece y no grave el consumo para no afectar clientelas electorales, ni el presidente mejorará sus calificaciones ni el país dará respuesta a las demandas sociales más apremiantes: seguridad, educación, salud, justicia.La mayoría de las crisis en México han tenido causas internas —por decisiones inadecuadas de los presidentes de turno; desde Echeverría hasta Salinas de Gortari—, pero también las ha habido externas, como la recesión de 2008 en Estados Unidos que contagió al mundo. La de hoy no es por las reformas, sino por sus contenidos. La fiscal, en particular, golpea a todo el mundo: grandes, medianos y pequeños, excepto a los informales que gozan de cabal salud. “El gobierno”, escribió Ronald Reagan, “es como un bebé. Un canal de alimentación con un gran apetito por un lado y ningún sentido de responsabilidad por el otro”.Nadie paga impuestos por gusto, pero dolería menos si el tributo se convirtiera en escuelas suficientes y de calidad; en centros médicos equipados y abastecidos, donde los pacientes no tuvieran que esperar semanas o meses para ser atendidos; en calles seguras, limpias, bien iluminadas y asfaltadas; en obras y servicios públicos eficientes y durables; en desarrollo humano. El gobierno aumenta la carga fiscal y no ofrece nada a cambio; impone sacrificios y no asume ninguno, al contrario, multiplica los privilegios para los políticos y la alta burocracia.El gobierno pasó el tema de la inseguridad a un segundo plano, sin haberlo resuelto, pero el resultado es ahora peor, pues ni seguridad ni crecimiento económico. El último año de la administración de Felipe Calderón, la economía creció 3.9 por ciento; en el primero de Peña el PIB subió 1.1. Lo anterior explica el desánimo nacional y las bajas calificaciones del presidente. Al final, la historia lo juzgará a él, no a su gabinete.Las reformas eran necesarias —de ahí su mérito—, mas, como infinidad de decisiones en México, llegaron tarde —dos décadas la energética, según Lula— y mal implementadas. Lo sensato hubiera sido presentarlas con mesura, pero no, se recurrió a la fantasía y se anunciaron como remedio para todos los males del país: gasolina, gas, diesel y electricidad más baratos, millones de empleos, menor pobreza. Jauja, pues. Todo para después emendar: “Los cambios no son mágicos ni sus resultados inmediatos”. Eufóricos por triunfos imaginarios, los tecnócratas que gobiernan desde fuera de Los Pinos volvieron odiosas las reformas. De ahí la decepción de tirios y troyanos.En ese escenario, el poeta Javier Sicilia advierte que México vuelve a estar en la frontera del caos y de la violencia por la debilidad de las instituciones, que han cedido espacios al crimen, y la corrupción rampante. Nadie desea para su país ningún tipo de males, sería absurdo. Sin embargo, para construir uno mejor, justo y solidario, el gobierno y la sociedad deben entenderse y compartir anhelos. Que no nos pase como con Echeverría, quien, en medio de su verborrea tercermundista, proclamó: “Antes estábamos a un paso del precipicio… ahora hemos dado un paso al frente”. 



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