Capitolio

De espaldas al país

El Congreso perdió en 2000 la oportunidad de convertirse en poder autónomo y respetable, después de setenta años de vasallaje. Hasta entonces, la regla era que el presidente ordenaba y los senadores y diputados agachaban la cabeza y extendían la mano. Cada 1 de septiembre, el líder ocupaba “la máxima tribuna del país” para informar y ser exaltado. El besamanos se trasladaba después a Palacio Nacional, luego al Campo Marte. De esa manera, los representantes populares confirmaban que el cargo se lo debían al mandatario y no a los votantes. El futuro de la clase política dependía de una sola voluntad.
Mas conforme el país avanzó y la democracia se propagó por el mundo, con mayor velocidad tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, la sociedad dejó de temerle a los gobiernos y se volvió crítica y contestataria. Uno de los primeros avisos vinieron del mayo francés, a finales de la década de los sesenta, que en México se reprimieron con la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas. Los terremotos de 1985 exhibieron las grietas del sistema y potenciaron la energía social.
En 1988, el PRI estuvo a punto de perder la presidencia. La percepción de que Carlos Salinas se hizo con el poder por la vía del fraude, contra el candidato de izquierdas Cuauhtémoc Cárdenas, enardeció a los mexicanos. Seis años más tarde ocurrió lo inevitable: la derrota del PRI tras el sexenio sangriento de Salinas y de la crisis que heredó a su sucesor Ernesto Zedillo.
La presidencia imperial entró en crisis en la última etapa del gobierno de José López Portillo, justo con el ingreso de las oposiciones al Congreso, espacio antes reservado solo para el PRI. A partir de entonces, los presidentes empezaron a ser interpelados por diputados del PAN y las izquierdas. El presidencialismo omnímodo repuntó con Salinas de Gortari, por su alianza con el PAN, pero al final terminó hecho añicos. Zedillo administró la crisis, y sin aspavientos preparó al país para la transición a la democracia.
La oportunidad que las Cámaras de Diputados y de Senadores tuvieron para reconciliarse con los ciudadanos la dio la alternancia. Vicente Fox, en su discurso inaugural, lo expuso así “En esta nueva época de ejercicio democrático, el presidente propone y el Congreso dispone. Esta es la nueva realidad del poder en México. El presidencialismo tradicional impuso muchos años su monólogo. Ahora más que nunca gobernar exige dialogar. La fuerza de la nación no puede venir ya de un solo punto de vista, de un solo partido o de una sola filosofía”.
El presidente convocó a todas las fuerzas a “construir sin prejuicios una relación digna, transparente y sin servidumbre; a un intercambio franco y espontáneo de argumentos y razones con un nuevo gobierno…”.
Sin embargo, del monólogo no se pasó al diálogo, sino a la gritería. El Congreso sirve lo mismo de carpa que de cuadrilátero. Los diputados y senadores, que se habían librado del servilismo ante el presidente, se pusieron un nuevo yugo.El presidente y los partidos marcan la agenda del país, sin tomar en cuenta a los electores. Con otro agravante, el presidente propone y ahora las Cámaras alta y baja le hacen el trabajo sucio, como sucedió con la “reforma” fiscal y en el futuro pasará con otras. El cambio real vendrá de los ciudadanos, no del gobierno.


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