Capitolio

La espada de Damocles


Con la imposición de Alfredo Castillo como comisionado para la Seguridad y el Desarrollo Integral de Michoacán, el presidente Enrique Peña colgó sobre los gobernadores la espada de Damocles que en los sexenios panistas no cortó cabeza alguna. Los cambios fueron por otras razones: Fernando Canales renunció al gobierno de Nuevo León —diez meses antes de concluir su mandato— para ocupar la Secretaría de Economía con Vicente Fox. Francisco Ramírez, de Jalisco, dejó el cargo cuatro meses antes para convertirse en el primer secretario de Gobernación de Felipe Calderón.


Carlos Salinas depuso al mayor número de gobernadores: diecisiete. A unos, por agravios de cuando eran compañeros en el gabinete de Miguel de la Madrid; a la mayoría, por permitir que el candidato del Frente Democrático Nacional, Cuauhtémoc Cárdenas, ganara las elecciones de 1988 en sus estados. El primer defenestrado —tres días después de iniciado el salinato— fue Luis Martínez Villicaña, en una entidad que vuelve a estar en el ojo del huracán por las crisis de inseguridad y de gobierno: Michoacán.


Siguió Xicoténcatl Leyva Mortera, de Baja California, a quien Salinas le inventó un puesto para negociar la deuda externa. El que ni siquiera rindió protesta fue Ramón Aguirre en Guanajuato. Entre quienes dejaron inconclusos sus gobiernos figuran Fausto Zapata (San Luis Potosí), duró escasamente quince días; Mario Ramón Beteta (Estado de México) y Guillermo Cossío Vidaurri (Jalisco). Al principio y al final de su sexenio, Salinas instaló en Gobernación a dos gobernadores: Fernando Gutiérrez Barrios (Veracruz) y José Patrocinio González (Chiapas). Pero ni con ellos fue comedido. Al primero lo despidió por sus aspiraciones presidenciales y al segundo por el alzamiento del EZLN —el 1 de enero de 1994— en el estado del que un año antes había sido responsable político.


Tras el desenfreno salinista vino la mesura. Ernesto Zedillo usó pocas veces la espada que hoy pende de nuevo sobre la cabeza de los gobernadores. Solo despachó a tres y a uno lo integró al gabinete. Eduardo Robledo (Chiapas) renunció el 14 de febrero de 1995, setenta días después de iniciado su gobierno, en medio de una crisis política y como condición del EZLN para reanudar el diálogo con el gobierno federal. Siguió Rubén Figueroa Alcocer (Guerrero), en marzo de 1996, por la matanza de campesinos en Aguas Blancas. El salinista Sócrates Rizzo (Nuevo León) dejó el cargo en abril del mismo año entre escándalos de corrupción. Emilio Chuayffet, actual secretario de Educación, abandonó el gobierno del Estado de México el 2 de julio de 1995 para sustituir a Esteban Moctezuma en la Secretaría de Gobernación, donde permaneció hasta el 3 de enero de 1998; renunció por la matanza de Acteal, Chiapas, el 22 de diciembre de 1997. El asesinato de cuarenta y cinco indígenas tzotziles de “Las Abejas”, entre hombres, mujeres —algunas de ellas embarazadas— y niños, cometido por paramilitares, atrajo a defensores de los derechos humanos de todo el mundo.


Los veinte gobernadores destituidos entre 1988 y 1996 —diecisiete en el sexenio de Salinas y tres en el de Zedillo— tenían algo en común: todos eran priistas. Para la mayoría, significó el fin de su carrera. Uno de ellos —Sócrates Rizzo— declaró en Saltillo, antes de las elecciones presidenciales de 2012, que en los gobiernos del PRI no había tanta violencia como en los del PAN, pues las rutas de las drogas se negociaba con los narcos.


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