Capitolio

La confianza se gana

Una de las causas por las cuales el país no progresa es la falta de continuidad en los programas de gobierno, es decir, de planificación. No la hubo cuando el PRI ocupaba todos los cargos ejecutivos, el Congreso federal y las legislaturas locales; no llegó con la alternancia —en Los Pinos, los estados y los municipios— ni existe ahora en la mayoría de los casos. Cada presidente, gobernador o alcalde desarrolla “su” proyecto, inspirados en la monarquía absoluta de Luis XV: “Después de mí, el diluvio”, mientras en Francia se gestaba la Revolución.Tratar de inventar el país, los estados y los municipios cada tres, cuatro o seis años ha resultado ruinoso para los mexicanos normales y corrientes. “El haga obras, compadre”, de Porfirio Díaz precedió al menos exquisito “Un político pobre es un pobre político” de Carlos Hank González. A través del tiempo se cumplió la profecía de José López Portillo y nos convertimos en un país de cínicos hasta llegar a las “donaciones” al poder y a la “Casa Blanca” con su cauda de desprestigio para el presidente Peña Nieto, su esposa Angélica Rivera, el Congreso, el sistema de justicia y el país en general.Saltillo es la séptima ciudad del país mejor para vivir por la visión de algunos de sus alcaldes y la coordinación entre estado y municipio. Cuando capitales como la de Coahuila adquieren dinámica propiase convierten en imanes para la inversión e incluso crean defensas contra administraciones populistas y desbaratadas. Cuando un gobierno municipal entiende su circunstancia y actúa responsablemente, y el que le sucede tiene compromiso y mística, se forma un círculo virtuoso.Mientras Torreón caía en picado en el cuatrienio anterior con un acalde ausente (Eduardo Olmos), Jericó Abramo (PRI) ubicaba a Saltillo entre las diez ciudades con mejores índices de calidad de vida del país, afrontaba el fenómeno de la inseguridad con inteligencia y sin aspavientos, saneaba las finanzas hasta dejar casi deuda cero, gestionaba recursos en la Cámara de Diputados y en el gobierno federal y se relacionaba con quien ahora es presidente. Desarrollar jornadas de sol a sol lo convirtieron en un alcalde visible y al alcance de todos. El sentido político lo heredó de su abuelo Jorge Masso, a quien la alcaldía de Saltillo le fue vedada.El PRI perdió Saltillo porque postuló al peor candidato. Fernando de las Fuentes abandonó la presidencia municipal a la mitad del periodo para el que fue electo en 2005 y como diputado avaló la deuda adquirida por el gobierno de Humberto Moreria con trampas y de espaldas al Congreso. Entre un político con el perfil de De las Fuentes y un ciudadano decente, dedicado a los negocios como Isidro López Villarreal, postulado por el PAN, del cual entonces no era militante, los saltillenses no dudaron por quién votar. López Villarreal resultó ser el candidato más votado. En Torreón, a Miguel Ángel Riquelme lo salvó un puñado de partidos marginales.Por ser la confianza el capital más preciado de los individuos y el menos común entre los políticos, López Villarreal basó en ese principio de seguridad y virtud teologal su campaña: “En Isidro sí confío”. En su informe deanteayer,el alcalde resumió en otras cuatro palabras la fórmula del éxito para cualquier institucióno ciudadano: “La confianza se gana”. Saltillo ganó con López Villarreal, como antes lo había hecho con Jericó Abramo. La continuidad no riñe con las siglas partidistas. Por eso a Saltillo le ha ido bien y puede irle mejor en los próximos años. 


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