Capitolio

La chispa y la pólvora

Una figura política menor puede detonar un conflicto nacional, provocar la caída del gobernador de su estado y exhibir al presidente de la República a escala mundial. Iguala demuestra el daño que un alcalde (José Luis Abarca) fuera de control y vinculado con la delincuencia organizada es capaz de ocasionarle al país. Hoy es el llanto y el rechinar de dientes por no haber frenado a un presidente municipal atrabiliario y con sueños imperiales. Abarca deseaba heredarle el puesto a su esposa.


Hoy todo el mundo en el PRD y en los demás partidos —donde abundan los Abarca— se rasga las vestiduras. Piden castigo, justicia. Prometen rigor en el futuro para no postular delincuentes a cargos de elección popular. ¿Por qué hasta ahora? Por la presión social y el escándalo internacional. La desaparición y presunto asesinato de cuarenta y tres normalistas de Ayotzinapa no pone a prueba a las instituciones, reprueba al Estado por no brindar garantías y seguridad a los mexicanos, sean o no estudiantes.


Las reformas pasaron a un segundo plano, pero tampoco se olvidan. La fiscal, por el mal causado a la economía, a las empresas y a la mayoría de las familias. Los resultados saltan a los ojos: crecimiento mediocre, cierre de fuentes de trabajo, mayor inseguridad, pobreza y desigualdad; por otro lado, derroche gubernamental, burocracia desaforada. Lo que más agravia a la sociedad es la corrupción, la impunidad y la soberbia de los poderosos. El país no deja de convulsionarse. La impaciencia y la iracundia se manifiestan en las calles, y el gobierno, sin respuestas, asume el papel de víctima, no el de autoridad obligada por la ley a resolver problemas, no a lamentarse por ellos.


El caso Ayotzinapa fue la chispa que encendió la pólvora regada por la injusticia y los malos gobiernos a lo largo y ancho del país a ciencia y paciencia de las autoridades federales, estatales y municipales; el pico que desenterró decenas de cadáveres olvidados en innumerables fosas clandestinas, por los cuales, en otra circunstancia, nadie se habría ocupado; la luz que muestra el verdadero rostro del país: inculto, pobre, expoliado, burlado por quienes, en teoría, lo deberían defender (y todavía así, diputados de Coahuila celebran con olímpico descaro su calidad de “diferentes”, poderosos e intocables en un estadio de Houston).


México es el país “donde nunca pasa nada”, hasta que sucede. La violencia debe reprobarse como medio, pero si el propio Estado la utiliza de mil maneras contra la población, incita a otros a emplearla también. Por eso el movimiento de los normalistas de Guerrero ha sumado a tantos y a otros muchos les ha abierto los ojos sobre la realidad del país. El México de hoy recuerda al de 1985, cuando el presidente De la Madrid se encerró en Los Pinos mientras la sociedad organizaba su propio rescate tras los terremotos.


Sin embargo, el conflicto de hoy no se circunscribe a la capital, comprende todo el país, y no ha sido un fenómeno natural su causa, sino décadas de incuria, arrogancia, rapacidad y falta de legitimidad de los gobiernos y de mezquindad de los partidos. Hago votos porque el país salga fortalecido de este transe, como lo hizo después de los sismos. Si lo logra, no será por los gobiernos, sino a pesar de ellos. Será obra de la sociedad que se manifiesta en las calles, no de los demagogos cuya retórica enciende más los ánimos en vez de aplacarlos.


gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx