Capitolio

Vuelta al pasado

Existen empresarios que lo son por haber participado desde niños en los negocios familiares y con el paso del tiempo los acrecentaron. Quienes lo son por herencia, suelen fracasar. Algunos fundan su propias compañías después de haber trabajado para otros, a los que a veces superan. Muchos los son por vocación, para abrir cauce a sus talentos. México sería un país rico si tuviera más empresarios y menos políticos. Forjado en el esfuerzo y en la angustia cotidiana —más ahora—, el emprendedor se distingue del político porque produce (empleos, bienes, servicios, riqueza...). El político es su antítesis: vive de los demás; mejor, la mayoría de las veces.El empresario gana, pero también arriesga: trabajo, capital, patrimonio, integridad, salud. Si falla en sus obligaciones, cuidado. El político actúa en la impunidad total. Si desvía recursos públicos, en beneficio propio o de su partido, o simplemente roba o endeuda, lo ascienden. Guillermo Martínez Domínguez, director de Nacional Financiera en la época de Luis Echeverría, escribió una especie de manifiesto para refutar la idea que envenenaba al país contra los empresarios, a los que se acusaba de apátridas. Si hoy se le condonan deudas a Cuba por miles de millones de pesos, Echeverría regalaba dinero y fábricas a otras dictaduras tercermundistas.Por haber provocado la iracundia del presidente de la guayabera y de la verborrea incontenible, Martínez Domínguez perdió el empleo. Por sostener otra verdad, que la economía, basada en el despilfarro, el déficit y el endeudamiento iba camino al desastre, Hugo B. Margáin fue despedido de Hacienda por Echeverría. Óscar Brauer, secretario de Agricultura, cayó de la gracia presidencial por haber declarado, precisamente en La Laguna, que el campo estaba organizado para votar, no para producir. En política contradecir al jefe, cuando no tiene la razón, se castiga. En el sector privado, si no tiene quien lo corrija, se hunde y hunde a la empresa.También existen empresarios sin escrúpulos que roban al fisco, a sus trabajadores y a sus clientes; que lavan dinero y sirven de fachada a políticos y delincuentes, con lo cual adquieren ellos mismos su misma condición. Pero son los menos. La mayoría, pequeños, medianos y grandes, tienen un nombre, una familia y un prestigio que cuidar. Los malos empresarios, los que se prestan a los juegos del poder, se identifican solos por su forma de ser y actuar y por la cola que arrastran.Por eso es inadmisible que los empresarios que han tenido el valor de oponerse al paquete fiscal, por sus efectos perniciosos contra la economía, sean tachados de antipatriotas; y en el extremo del discurso político, de “criminales”.Se necesita ser muy caradura —y en política abundan quienes lo son— para afirmar que los empresarios han “sobrerreaccionado” por el aumento de impuestos. ¿Quién dice tamaña estupidez? Entre otros, el vicecoordinador del PRD en el Congreso, Miguel Alonso Raya. Este señor ha sido diputado federal tres veces. Es maestro por la Escuela Normal “El Mexe”, de Hidalgo. Antes fue secretario de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, lideró una secretaría del SNTE y militó en los partidos Socialista de los Trabajadores y Mexicano Socialista. Quienes viven de la demagogia y del presupuesto, jamás han creado un empleo. Al contrario, se empeñan en destruir los que ya existen. Son los adoradores de Echeverría en su nueva versión. 


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