Capitolio

Victorias tempranas


Álvaro Uribe resalta en su biografía No hay causas perdidas la importancia de obtener “victorias tempranas” para dotar de sustento a los gobiernos y elevar la moral de la sociedad, máxime en situaciones de crisis. Entre 1982 y 2002, Uribe fue alcalde de Medellín, gobernador de Antioquia, senador y dos veces presidente de Colombia como candidato independiente (con él se estrenó la reelección inmediata). Lidió exitosamente con las FARC y otras guerrillas, el narcotráfico, el terrorismo y el secuestro. Alberto Uribe Sierra fue asesinado el 14 de junio de 1983 por el Frente 36 de las FARC, en un intento de plagio, cuando su hijo Álvaro contaba treinta años. Como presidente, Uribe dijo “no” a Jaques Chirac cuando su colega francés le pidió condescender con manifestantes reunidos frente al Palacio del Elíseo. Exigían negociar con la FARC la liberación de Ingrid Betancourt, a quien su gobierno liberó años más tarde sin someterse a la guerrilla.

En Coahuila, mientras los treinta y ocho nuevos alcaldes consiguen alguna victoria temprana, Saltillo amaneció el 1 de enero azulado y Torreón grafiteado. El origen panista del alcalde Isidro López Villarreal explica el cambio de color del nombre de la ciudad en sus entradas y salidas. La víspera, las letras eran todavía rojas, color que identifica al PRI que gobernó la capital hasta el 31 de diciembre. El cambio cromático dista mucho de ser una victoria. Ni pírrica siquiera. Es cosmético y trata de ser identitario (“Saltillo es panista”) e incluso provocador para el gobierno del estado, de origen priista. La moda de utilizar el color del partido gobernante en el equipamiento urbano —puentes, pasos a desnivel— la implantó Humberto Moreira. La aversión del ex gobernador por el PAN era tal que a los meseros del hotel Camino Real les prohibió usar chaleco azul en su presencia. Para compensarlos, les regaló prendas guinda (rojo subido) con cargo al erario.

Si el cambio de color forma parte del mantenimiento urbano, el daño a la hacienda es inexistente. Si fue por capricho o por razones estrictamente partidistas, aparte de inútil contradice el compromiso de López Villarreal de ser cuidadoso y eficiente en el gasto. Para evitar la discrecionalidad y que cada presidente municipal pinte las ciudades del color de su partido —en Parras, donde gobierna el Verde, las letras son del mismo tono— es preciso un decreto del Congreso. Podría optarse por colores neutros que incluso combinan mejor con el entorno.

En Torreón, donde las letras de la ciudad son rojas todavía, pues el PRI retuvo la alcaldía, el problema es otro: el grafiti. El alcalde Miguel Riquelme ofrece erradicarlo. Más que expresión de arte, como en algunas partes, lo es de vandalismo. Refleja el descuido de la ciudad y su estado de ánimo indiferente. La incuria y falta de autoridad que caracterizó a la administración de Eduardo Olmos llevó a la ciudad a grados de deterioro jamás vistos.

El grafiti no respeta. El nombre de la ciudad y su símbolo —el torreón frente a la Casa Colorada— están sucios y rayados. Lo misma sucede con las fachadas de casas, edificios, iglesias y monumentos históricos, lo que brinda a la ciudad un aspecto de abandono. Torreón —contrario a Saltillo— está en uno de sus peores momentos y será difícil levantarlo. ¿Cuáles serán, en sus respectivas circunstancias, las victorias tempranas de Miguel Riquelme e Isidro López? ¿Las habrá?

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