Capitolio

Valor y entusiasmo

Para don José Guadalupe Galván,
obispo de Torreón, por sus 50 años de sacerdocio

Defender a las minorías, sus gustos y preferencias, me parece plausible. Máxime cuando pertenezco a una de ellas: la que admira y respeta la tauromaquia (“Arte de lidiar toros”: RAE), cuyo origen es tan antiguo como la Edad del Bronce (3,500-2,500 a. C.). Las corridas nacieron en España en el siglo XII y a partir del XVIII el toreo empezó a tomar sus rasgos actuales.


La fiesta vuelve a sufrir una embestida, también de una minoría, pues a la generalidad de las personas las agobian cuestiones como la inseguridad y el desempleo; y las agravian y dañan en verdad prácticas cotidianas desde las más altas esferas del poder hasta las más bajas, como la corrupción, la negligencia y la ineptitud, que una corrida cada cuatro o cinco meses. Satanizarlas es un ardid político como fue la prohibición de utilizar animales en los circos.


La lidia de toros ha inspirado a intelectuales, artistas y poetas a lo largo de los siglos. Defenderla es políticamente incorrecto, pero dejar de hacerlo, por halagar a sus detractores, es cobardía y deslealtad. Quizá algún día muera, como otras tradiciones, por causas naturales, mas no por capricho político o presión de algunos grupos.


La tauromaquia genera empleos, impuestos y espectáculo. Nadie acude a las plazas contra su voluntad. Tampoco existe ave, pez o res que antes de servirse en piezas, cortes o filetes no hayan sufrido en mayor o menor grado para satisfacer el apetito. Cancelar las corridas significa condenar a muerte, por extinción, a toros cuyo destino es entregar la vida en el redondel o a veces incluso salvarla. Muchos espadas han fallecido en la arena o fuera de ella por pitonazos.


Los políticos aficionados a los toros, cuya aborregada disciplina les impide defender la fiesta, habla de su verdadera vocación: la de farsante. La tauromaquia no depende de subsidios del gobierno, como el futbol, enajenante y corrupto. Tampoco de las televisoras, sino de aficiones fieles y de empresarios que invierten, arriesgan y muchas veces pierden. Enrique Tierno Galván, alcalde de Madrid en los primeros años de la transición, taurófilo franco, escribió: “El toreo sigue siendo mítico y, cuando expresa la valentía el pueblo se enardece y los viejos entusiasmos reaparecen”. Valor y entusiasmo es lo que el país hoy más necesita.


gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx