Capitolio

Tristeza y náuseas

Existen múltiples formas de asesinar a una persona sin tirar directamente del gatillo o clavar un puñal hasta lo más hondo. Basta crear las condiciones y dejar que otros actúen. Lo sucedido en Lomas Taurinas, el 23 de marzo de 1994, culminó un proceso para abortar una candidatura que entusiasmó a unos sectores y enardeció a otros dentro del mismo grupo gobernante. El sistema que modeló a Luis Donaldo Colosio terminó por destruirlo.


Conocí a Colosio por razones de trabajo. El trato se limitó a saludos de cortesía y breves diálogos. La última vez que hablé con él fue en San Antonio, Texas, en el receso de una conferencia binacional, poco antes de ser postulado por el PRI para la Presidencia; le acompañaba Guillermo Hopkins. Me preguntó por dos amigos comunes: el gobernador Eliseo Mendoza, y el empresario lagunero Alejandro Gurza, quien sería su anfitrión en una cena de campaña. Previamente, había acompañado al gobernador y a Colosio en un vuelo entre México y Saltillo, principio de una gira por el estado. El viaje lo hizo también el niño Luis Donaldo Colosio Riojas, a quien el entonces secretario de Desarrollo Social le recordó algunas reglas de higiene antes de la comida. Colosio me pareció siempre un hombre reservado y acosado, tímido incluso. La última vez que le saludé fue en las oficinas del PRI, en la Ciudad de México. Frente a varios de los capitalistas más importantes de la época, celebraba la buena acogida de su candidatura en la prensa internacional. Incluso mostró ejemplares de rotativos influyentes de América y Europa. Todo marchaba en ese momento —finales de noviembre de 1993— sobre ruedas.


Por los medios seguí su campaña —malhadada—, los desplantes de Manuel Camacho y el ominoso “no se hagan bolas” con el que Salinas pretendía conjurar los fantasmas invocados por él mismo; y finalmente, su asesinato en Tijuana el 23 de marzo. La noticia del atentado, mientras escribía en las primeras oficinas del periódico Espacio 4, me causó tristeza y luego náuseas. El mal no triunfa solo, necesita del poder para no ser castigado. Meses después visité Lomas Taurinas, el peor lugar, como han explicado especialistas, para celebrar un mitin político, máxime en un clima descompuesto. Previos al asesinato de Colosio ocurrieron dos hechos que anticipaban nuevas tragedias: 1) el crimen del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, el 24 de mayo de 1993, en el aeropuerto de Guadalajara, en medio de la lucha entre carteles de la droga; y 2) la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, el 1 de enero de 1994. Para asesinar a Colosio era necesario crear un clima adverso, minar su candidatura. Entonces se le presentó como una figura débil, inapropiada para la nueva circunstancia del país, “sustituible”, y se empezaron a barajar nuevas opciones.

Colosio fue abandonado y en esa situación de orfandad, en un sistema que dependía del presidente —como ahora vuelve a suceder con Peña Nieto—, tenderle la celada y dispararle resultaba sencillo para cualquier Aburto. Mariana Colosio Riojas, hija del ex candidato, dijo el 23 de marzo en Magdalena de Kino, Sonora, donde sus padres Luis Donaldo y Diana Laura fueron sepultados: “Son veinte años preguntando por qué murió Colosio. Hoy les propongo: preguntémonos, ¿para qué se fue Colosio? Colosio se fue para enseñarnos a no quedarnos callados?”.


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