Capitolio

Transición truncada

Es difícil que a un político se le reconozcan en vida sus atributos y aportaciones para democratizar y reconciliar a un país, máxime si ha sido castigado por una guerra civil y una dictadura como lo fue España. Ese reconocimiento lo obtuvo Adolfo Suárez, a quien no le tembló el pulso para enfrentar las presiones del Ejército en la transición. El homenaje póstumo que recibióconfirmano solo la calidad del estadista, sino también que en la política no todo es mezquindad.


Hubo tiempos, después de la Guerra Civil, en que ciudadanos españoles emigraron a México y otros países en busca de oportunidades. Después del franquismo y una vez consolidada la democracia, la circunstancia cambió: España progresaba y México se rezagaba. Una abogada francesa me dijo que en su país las derechas arreglan las crisis económicas de los gobiernos de izquierda y que una vez resuelta la emergencia los socialistas volvían al poder. Así funciona el péndulo de la democracia.


Mas no todo se le perdona a las izquierdas ni son siempre eficaces las derechas. Hoy mismo François Hollande, el sucesor de Nicolas Sarkozy, paga los costos de políticas fiscales cuyo rigor empujó al exilio a empresarios y artistas como Gérard Depardieu. El presidente socialista acaba de ser castigado donde más le duele a los políticos: en las urnas. La primera ronda de elecciones municipales las ganó la derecha. En México pasará lo mismo por la reforma fiscal del presidente Peña, tanto en los comicios de este año como en los de 2015 cuando se elija nuevo Congreso.


Frente a la costumbre latinoamericana de aferrarse al poder, Suárez entendió su tiempo, como Lech Walesa y en época más remota De Gaulle y otros estadistas. Después de grandes victorias, dentro y fuera de las mesas electorales, los presidentes de España y Polonia obtuvieron votaciones mínimas y optaron por el retiro de la política, con dignidad y el elogio de tirios y troyanos. Algo que en países como el nuestro es difícil que los políticos obtengan. La clave del éxito es el compromiso y la congruencia, lo cual implica renuncia a intereses partidistas, preferencias particulares e incluso a ideologías.


Suárez fue, en ese sentido, el hombre justo que España necesitaba en el momento preciso. En México no lo fue Vicente Fox y hoy día tampoco parece serlo Enrique Peña: basta ver el país y el desencanto de la gente. Nuestra transición se atoró en la alternancia. Pasar a la historia no basta, lo importante es cómo se trasciende. El PAN desaprovechó la oportunidad para transformar el país desde la Presidencia y lo mismo le sucede al PRI en su vuelta al poder. Las reformas, algunas de ellas plausibles en su intención, pierden brillo antes de estrenarse porque la sociedad no las siente suyas; y la fiscal, sobre todo, lastima a la mayoría. A la economía no se le engaña con portadas ni los bolsillos se llenan con promesas.


La desgracia del PAN es que no es el mismo de ayer; y la del PRI, que es el mismo de siempre, con sus Beltrones, sus Gamboas, sus Deschamps, sus Atlacomulcos, sus caciques, sus pandillas. Enrique Tierno Galván (socialista), alcalde de Madrid entre 1979 y 1986, advertía de que “Los bolsillos de los gobernantes deben ser de cristal”. Y transparencia es lo que en México menos existe. Mientras la corrupción impere no habrá transición, pues lo primero que exige es altura de miras como Suárez y los españoles la tuvieron después del franquismo.


gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx