Capitolio

Tranquilidad lejana

Lo ocurrido en Jalisco el 1 de mayo confirma que el país sigue muy lejos de recuperar la tranquilidad. El problema se agravó en el sexenio de Felipe Calderón por la forma como afrontó a la delincuencia organizada, la descoordinación entre las instituciones federales y locales y la falta de compromiso de algunos gobernadores.

En el proceso murieron decenas de miles de personas, entre presuntos delincuentes, soldados, policías y un buen número de civiles inocentes.

Pensar que las ciudades volverán a ser las de antes es hasta cierto punto una quimera, lo cual no significa rendición ante los criminales, sino la comprensión de una realidad.

Pueden lograrse mejorías, pero la delincuencia siempre existirá y su acción será tan abierta e insolente como las condiciones lo permitan. Para acotarla no solo es necesaria una fuerza pública mejor calificada, equipada y pagada, sino instituciones confiables y, sobre todo, un auténtico estado de derecho.Cuando el gobierno federal celebra avances en la lucha contra la delincuencia organizada —los ha habido, pero aún son insuficientes—sobrevienen acontecimientos brutales en un país expuesto a la acción de grupos capaces de poner en jaque a varios estados.

El problema no es nuevo, se gestó en décadas de corrupción, disimulo y complicidad; primero desde el gobierno federal y luego desde los estados, cuando el poder se redistribuyó después de la alternancia en Los Pinos.

Mucho de lo que ahora sucede se debe a gobernadores que, liberados del mando presidencial, empezaron a tratar con los carteles, negociaron con sus líderes, les abrieron las puertas de sus estados y convirtieron en infierno a ciudades y poblados. La situación no iba a cambiar con discursos ni con omitir el tema, como se pretendió en el primer año del gobierno del presidente Peña Nieto.

Esa estrategia pudo servir a los criminales para volver a tomar fuerza.Jalisco es un estado neurálgico en el negocio de las drogas.

El agente de la DEA Enrique Camarena fue secuestrado, torturado y asesinado en febrero de 1985, y el cardenal Juan Jesús Posadas, acribillado por narcotraficantes en el aeropuerto de Guadalajara en mayo de 1993. Entre ambos sucesos ocurrieron otros graves, pero el del 1 de mayo habla de un país que todavía está lejos de cantar victoria en la batalla contra el crimen. 


gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx