Capitolio

Temor a debatir

François Fénelon escribió en 1694 una carta a Luis XIV, “El Rey Sol”, donde lo eclipsa: “Vuestro nombre se ha hecho odioso... mientras vuestros pueblos mueren de hambre, el cultivo de las tierras está casi abandonado, las ciudades y el campo se despueblan, todos los oficios languidecen, Francia entera no es más que un gran hospital desolado y desprovisto. La sedición se enciende poco a poco en todas partes; creen que ya no tenéis ninguna compasión por sus males, que sólo amáis vuestra autoridad y vuestra gloria”.
“Esta gloria que endurece vuestro corazón os es más querida que la justicia, incluso que vuestra salvación eterna, que es incompatible con ese ídolo de gloria. “Sólo amáis vuestra gloria y vuestra comodidad. Todo lo centráis en vos, como si fuerais el dios de la Tierra y todo lo demás solamente hubiera sido creado para seros sacrificado”. Fénelon acusa también al autor del aforismo “El bien del Estado constituye la Gloria del Rey”, descompuesto por sus enemigos políticos en “El Estado soy yo”, de haber introducido en la corte “un lujo monstruoso e incurable”.
Escritor, poeta y teólogo católico, las obras del creador de Aventuras de Telémaco no solo molestaron al poder político, sino también al religioso, razón por la cual perdió sus títulos como arzobispo de Cambrai. Fénelon terminó por sentir lo que legiones de personas en el mundo experimentan hoy: aversión por la política. Su pensamiento influiría más tarde en la Revolución Francesa que significó el final del gobierno absoluto y liberó fuerzas sociales largamente contenidas.
El ejemplo demuestra que los cambios históricos tienen su génesis en sentimientos sociales recogidos y expresados por hombres sensibles y valerosos, dispuestos a correr riesgos e incluso a perder posiciones y privilegios, cuando no también la libertad y la vida. En las democracias maduras, las transformaciones se logran a través de mecanismos institucionales y de largos y fatigosos debates que toman en cuenta a la ciudadanía. Donde no existe democracia, su desarrollo es incipiente o se utiliza como coartada, la sociedad se rebela contra el orden establecido, como sucede ahora mismo en Venezuela.
Las cartas del cineasta Alfonso Cuarón al presidente Peña Nieto, sobre reforma energética, democracia y transparencia, produjeron un efecto revulsivo entre la clase política. Además de captar la atención de un país desinformado y saturado de culebrones y futbol, los once cuestionamientos del director de Gravity al gobierno de la república colocaron a los mexicanos en el centro del debate, por encima de los partidos y el Congreso, cuya ocultación y penuria argumental empobrece la democracia y rehúye el debate plural y abierto al que Cuarón convoca.
El “protagonismo” de Cuarón —fuera de cámaras— ha sido criticado en algunos sectores, pero son más quienes lo aplauden. No solo por decir lo que millones de mexicanos piensan y sienten del gobierno, los partidos y las reformas, sino porque se atrevió a expresarlo en un país donde los agravios políticos se olvidan pronto y los corruptos, en vez de ser puestos tras las rejas, son premiados y sus riquezas inexplicables protegidas. Los debates sobre la reforma energética propuestos por Cuarón ofrecen menos dificultades de las que la doctora Ryan Stone enfrentó en “Gravity” para regresar a la Tierra, pero pueden resultar también emocionantes. Máxime si el presidente Peña toma parte en ellos.


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