Capitolio

Sueño y pesadilla

Un sistema político y económico cerrado, como México lo fue hasta el sexenio de José López Portillo, le permitía a los presidentes envolverse en el nacionalismo y culpar a enemigos reales o ficticios, nacionales o extranjeros, de las crisis causadas por sus delirios imperiales. El villano favorito eran los Estados Unidos, cuya democracia se fundó hace más de doscientos años (1787); y el aliado, compañero y cómplice, Cuba, la dictadura de los hermanos Fidel y Raúl Castro Ruz,instalada en 1959.Jorge Luis Borges abominaba del nacionalismo: “Es el canalla principal de todos los males. Divide a la gente, destruye el lado bueno de la naturaleza humana, conduce a desigualdad en la distribución de las riquezas”. López Portillo se proclamó en los estertores de su gobierno“el último presidente de la Revolución”. ¿Por haber impedido la apertura comercial con el ingreso de México al GATT? ¿Por estatalizar la banca, reprivatizada dos sexenios después entre compadres por Carlos Salinas de Gortari?Pocos presidentes han concitado tanto odio e iracundia popular como ellos:unopor frívolo,otro por soberbio y ambos por encabezar gobiernos corruptos, nepotistas y ruinosos. Sin embargo, el daño mayor lo causó el tecnócrata, no el político. López Portillo murió sin dinero y Salinas de Gortari puede ser uno de los hombres más ricos del país, con intereses en sectores estratégicos. Su cuñado Hipólito Gerard, de GIA+A, figura entre los ganadores de la licitación del tren rápido México-Querétaro, la cual fue revocada por sospechas de tráfico de influencias.El presidente Peña Nieto tuvo un inicio promisorio —como López Portillo y Salinas tras los desastrosos gobiernos de Luis Echeverría y Miguel de la Madrid—, pero en menos de dos años ya registra un desgaste prematuro y preocupante. Los efectos positivos de las reformas tardarán en reflejarse, si lo hay, y los negativos agravaron la situación económica y causaron malestar entre la mayoría de los mexicanos. Las masacres de Tlatlaya y Ayotzinapa convirtieron el sueño mexicano en pesadilla, y el escándalo por la Casa Blanca de siete millones de dólares, adquirida por su esposa Angélica Rivera a un contratista del gobierno federal, confirmó sospechas y encendió aún más los ánimos de un país al garete por falta de líder en Los Pinos.Es muy temprano para cuestionar la integridad y los alcances del presidente; y peor aún, para discutir su permanencia en el cargo como ocurre en las calles y en las redes sociales. Octavio Paz advertía al respecto: “Ningún pueblo cree en su gobierno. A lo sumo, los pueblos están resignados”. Sin embargo, la paciencia social ya se agotó, como igual se consumieron las energías de gran parte del gabinete, no solo del procurador Murillo Karam, quien, por lo menos, tuvo la decencia para admitirlo.Cuanto más tarde Peña Nieto en afrontar los problemas acuciantes del país —violencia, corrupción y ausencia de Estado de derecho—, en tomar decisiones para darle sentido y dirección a su gobierno, en inhibir el tráfico de influenciasy en corregir errores como el de la Casa Blanca, sobre la cual ninguna explicación convence, más débil será su Presidencia, y esoa México no le conviene. Del presidente depende también no pasar a la historia como dos de sus predecesores más odiados: López Portillo y Salinas de Gortari.


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