Capitolio

Sosegar los ánimos

Hechos cotidianos y en apariencia banales, como el retiro violento de un vendedor ambulante por un inspector corrupto o un policía prepotente, pueden desencadenar movimientos insospechados, como la caída de un dictador o una revolución democrática. En su libro “Decisiones difíciles”, la primera secretaria de Estado de Barack Obama y aspirante a la presidencia de su país, Hillary Clinton, cuenta cómo un incidente menor abrió las puertas a la Primavera Árabe y liberó energías largamente contenidas.El 17 de diciembre de 2010, Mohamed Bouazizi, quien vendía frutas en lalocalidad tunecina de Sidi Bouzid para mantener a su familia, en un entorno nacional de corrupción gubernamental y crisis económica, fue maltratado por la policía. En protesta, se prendió fuego. La noticia corrió a la velocidad del rayo por las redes sociales y en poco tiempo el país, como Bouazizi, declarado después como “el mártir que vino con la primavera”, también se había incendiado.Ben Ali, dictador de Túnez, trató de contener la ira popular e incluso visitó a Bouazizi en el hospital. Todo fue inútil, el humilde vendedor falleció el 4 de enero de 2011, para convertirse en mártir e ingresar en la historia, y Ali, en el poder desde 1987, huyó del país. Para entonces, la revolución ya se había propagado a Egipto. Hosni Mubarak tampoco soportó la presión social y renunció a la presidencia el 11 de febrero de 2011. En junio de 2012 fue condenado a cadena perpetua por actos de represión enlos que murieron más de ochocientas personas. Ningún movimiento de esas características trae paz, justicia y progreso inmediatos, pero libera a los pueblos de tiranos y deposita en sus manos su futuro.México tiene una larga experiencia en esas lides. Hoy mismo atraviesa por una situación en extremo complicada. Después de años de violencia, injusticia, corrupción, impunidad, asesinatos y la desaparición forzada de decenas de miles de personas, el secuestro de cuarenta y tres estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa ha surtido el mismo efecto que la inmolación de Mohamed Bouazizi en Túnez: el país reclama no solo atención para las víctimas y castigo para los delincuentes —con o sin fuero—, sino una agenda de reformas sociales, políticas, económicas y jurídicas sin las cuales ningún nuevo pacto —esta vez por la seguridad— será exitoso.La convocatoria presidencial en ese sentido es asequible, pero tardía. Por no seguir la misma estrategia de Felipe Calderón contra la delincuencia organizada, la cual, es cierto, estuvo plagada de abusos y equivocaciones, terminó por repetir los mismos errores y hoy las consecuencias saltan a los ojos. ¿Por qué el país no reaccionó por los más de setenta asesinados en San Fernando, Tamaulipas, o los trescientos desaparecidos de Allende, Coahuila, en 2011, como lo hizo con los normalistas de Guerrero, si en número son más?Por la misma razón por la que Bouazizi decidió incendiarse después de haber sido humillado —no era la primera vez— por la autoridad, mientras intentaba ganar el sustento familiar: la paciencia, la resignación e incluso la indiferencia tienen límites, y estos se acortan cuando el esfuerzo individual y colectivo no solo no es correspondido por el gobierno, sino además reprimido. El Estado debe ser sensible a la realidad del país y actuar para sosegar los ánimos. El primer paso debe ser escuchar a un pueblo agraviado por la corrupción y la falta de castigo para los poderosos. 


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