Capitolio

Sonrisa democrática

Cuando el periodismo dejó de ser un antipoder para convertirse en instrumento del poder —político y económico—, perdió sustento y credibilidad. Ryszard Kapuscinski (1932-2007), considerado como el mejor reportero del mundo, fue uno de los críticos del proceso que despojó al gremio de su liderazgo y se lo otorgó a los nuevos dueños de los medios, muchos de los cuales eran y son profanos en la materia. El implante devino en fracaso.
Para el autor de “Ébano” y “La guerra del fútbol”, citado por la inminencia del Mundial y los conflictos causados por el derroche en la organización de la Copa de Brasil, que anticipan tempestades, “los cínicos no sirven para este oficio”, título de otro de sus libros. Ejercido con rigor y disciplina, el periodismo puede dar para vivir bien, al cabo de décadas, mas no para hacerse rico; sobre todo es para gente buena o de lo contrario no lo es, advertía el autor polaco.


Kapuscinski obtuvo reconocimiento por su congruencia, que lo inmunizó contra las seducciones del poder y de otros espejismos, por eso destaca entre los grandes. Varias veces estuvo en trance de morir, mientras cubría guerras o revoluciones en África y otros continentes. En 2003 ganó el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades por “su preocupación por los sectores más desfavorecidos y por su independencia frente a presiones de todo signo, que han tratado de tergiversar su mensaje”.


Once años después, en la entrega de los Premios Ortega y Gasset, el 22 de mayo en Madrid, otro escritor y colega suyo, Arturo Pérez-Reverte, cuestiona el periodismo de nuestros días. No solo de su país, sino de gran parte del mundo, en especial donde la democracia flaquea: “Aterra la docilidad con la que últimamente, salvo concretas y muy arriesgadas excepciones, el periodismo se pliega en España a la presión del poder”, deploró el prolífico autor y excorresponsal de guerra.


Frente a dueños de medios y periodistas extranjeros, Pérez-Reverte advirtió: “El único freno que conocen el político, el financiero o el notable, cuando llegan a situaciones extremas de poder, es el miedo… ese es el único freno real. El miedo. Miedo del poderoso a perder la influencia, el privilegio. Miedo a perder la impunidad. A verse enfrentado públicamente a sus contradicciones, a sus manejos, a sus ambiciones, a sus incumplimientos, a sus mentiras, a sus delitos.


“Sin ese miedo, todo poder se vuelve tiranía. Y el único medio que el mundo actual posee para mantener a los poderosos a raya, para conservarlos en los márgenes de ese saludable miedo, es una prensa libre, lúcida, culta, eficaz, independiente. Sin ese contrapoder, la libertad, la democracia, la decencia, son imposibles”.


El periodista debe ser su principal crítico. Por haber dejado de serlo y pensar que es político, negociante, animador de espectáculos o estrella de cine, el oficio se ha desprestigiado y perdido vigor. Necesitamos quien nos recuerde qué somos y qué no. Como Kapuscinski ayer, Pérez-Reverte interrumpe hoy nuestro sueño (¿o pesadilla?):


“Nunca en esta democracia, como en los últimos años, se ha visto un maltrato semejante en España del periodismo por parte del poder (...) Parecen volver los viejos fantasmas, las sombras siniestras que en los regímenes totalitarios planeaban, y aún lo hacen, sobre las redacciones. (...) La sombra es más peligrosa, pues viene ahora disfrazada de retórica puesta a día, de talante tolerable, de imperativo técnico, de sonrisa democrática”.


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