Capitolio

Señales inequívocas

Para continuar su racha positiva, iniciada con la detención incruenta de Joaquín “El Chapo” Guzmán, el gobierno federal firmó el jueves pasado el pacto de certidumbre tributaria con algunas cúpulas del sector privado. Sin embargo, éstas no solo no representan al país: a veces, ni a sus propios agremiados. Por lo menos, no a los millones de micro, pequeños y medianos empresarios que generan la mayoría de empleos del país y a los cuales pocas veces se toma en cuenta.  (En Torreón es lastimoso el papel de la Canaco, la Canacintra, la CMIC y otros membretes.)


Los éxitos del gobierno no siempre los son para la sociedad. Es el caso, justamente, de la tregua fiscal. Mantener la aberrante política de asfixiar a los contribuyentes cautivos y oxigenar la economía informal, y esperar por ella aplausos, equivale a decir al causante acuchillado por el fisco: “Para que veas qué bueno soy, no retiraré el metal; lo dejaré donde está otros cinco años. ¡Ah!, pero si es necesario, lo empujaré un poco más; lo digo para que no te des por sorprendido. El dolor no importa; es tu dolor”.


A grandes males grandes remedios. El único acuerdo benéfico para el país consistía en cancelar la reforma fiscal que lo tiene de cabeza y le hace perder empuje: volver el IVA a la tasa de once por ciento en la frontera, desgravar los bienes, servicios y productos castigados por el apetito recaudatorio, respetar las prestaciones laborales y las deducciones procedentes… Y compensar el sacrificio con otros: reducir burocracia, compactar áreas de gobierno, recortar sueldos y congelar las percepciones de los secretarios, subsecretarios y directores por lo que resta del sexenio. Mas no, el gobierno prefirió mantenerse en sus trece. Dejó el paquetazo tal como lo aprobó un Congreso bien maiceado, y todo el mundo a callar. Bueno, no todo: los empresarios recibieron el acuerdo con diplomacia, pero no retirarán los amparos contra la reforma. Es decir, la inconformidad no la resuelve un pacto favorable solo para el gobierno que, al estilo salinista, no ve ni escucha a la calle. Después del fracaso económico de 2013, el gobierno está obcecado en seguir sus instintos; mientras, Colombia, castigado también por el narcotráfico, espera este año un crecimiento de siete por ciento de su PIB, el doble del proyectado en México. Con la advertencia de que en 2012 estimó 3.9 y acabó en 1.1. Las señales de que el país va en picado son inequívocas. Solo el gobierno no parece percatarse del peligro de seguir el mismo derrotero.


El efecto mediático por la detención del capo más buscado no durará el resto del sexenio y las reformas tardarán años en cuajar. La sociedad exige políticas oportunas y eficaces, certidumbre y resultados duraderos. Mientras no los haya, la presión sobre el gobierno aumentará. Desde la estratosfera, el líder nacional del PRI, César Camacho, pronostica para la administración de Peña Nieto y su partido unas elecciones intermedias exitosas el año próximo que se renueve el Congreso federal. Si la proyección resulta igual de acertada que la de Hacienda respecto al crecimiento del PIB en 2013, al PRI le esperan malas noticias. Máxime cuando fue en unas elecciones de medio periodo cuando el presidente Zedillo perdió la mayoría en la Cámara de Diputados. Desde entonces tiene México gobiernos divididos. Y será en las urnas donde los ciudadanos ajusten cuentas con el gobierno de Peña, igual como lo hicieron con el de Fox, Calderón y lo harán con los que vengan, sean del PRI, el PAN o cualquier otro partido.


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