Capitolio

Relevo de alcaldes

Los ayuntamientos electos para el período 2010-2013 concluirán su ejercicio el 31 de diciembre. Los alcaldes, regidores, síndicos y funcionarios dejan un mal sabor de boca entre la población por su triste desempeño. Saltillo es la excepción. La capital se entregará no sólo con deuda cero a bancos y proveedores y con equipamientos urbanos que la convierten en una de las diez ciudades más recomendables del país para vivir e invertir, sino con un ánimo social renovado.
La paradoja de ser la mejor ciudad del estado y de haber tenido un gobierno eficiente y responsable, que conservó la autonomía municipal sin aspavientos ni entrar en conflicto con la administración estatal, pese a los provocadores, y, en palabras del alcalde Jericó Abramo Masso, de haber “tomado el toro por los cuernos” a partir de la aplicación de la ley sin titubeos, es que el PRI perdió la presidencia municipal… ¡por casi setenta mil votos! ¿Qué pasó en Torreón?
Los saltillenses castigaron en un mismo acto —sin la estridencia que los laguneros acostumbran para después cruzarse de brazos o transar— al partido en el poder: 1) por la deuda, desmesurada, inexplicable e impune, que Humberto Moreira dejó de herencia; y 2) por la postulación de un candidato, Fernando de las Fuentes, que había defraudado repetidamente la confianza ciudadana. Por su actuación y por haber dejado a medias responsabilidades para las que había sido electo previamente. La frivolidad divierte un rato pero al final se castiga en las urnas.
Las demás administraciones siguieron el ejemplo derrochador e irresponsable de Humberto Moreira: endeudaron sus municipios, dispararon el gasto corriente, inflaron las nóminas, minimizaron la inversión, manipularon las cuentas públicas, alentaron el saqueo, colapsaron las finanzas, encubrieron a ladrones y hoy dejan ciudades inseguras, con servicios de pésima calidad y sociedades que las repudian.
La respuesta ciudadana ocurrió el 7 de julio en unas elecciones que, sin ser las más participativas, cambiaron el rumbo del estado. Siendo el PRI el partido que más municipios gobernaba —casi el cien por cien—, era obvio que también sería el más castigado. Perdió Saltillo, Monclova, Acuña, Frontera, Sabinas, Parras y otras alcaldías. Salvó Torreón y Ramos Arizpe, por razones que todavía no se explican, aunque en la capital lagunera la estrecha victoria de su candidato se debió a los votos de un puñado de partidos satélite.
Los alcaldes entrantes recibirán ciudades en crisis, financiera, de credibilidad y de servicios. Incluso pueden tardar hasta dos años o más para ponerlas en pie de nuevo. Así de grave es la situación en la mayoría de las cabeceras municipales. La excepción vuelve a ser Saltillo. Su futuro alcalde, Isidro López Villarreal, postulado por el PAN sin ser militante —ahora ya lo es—, fue electo por su perfil ciudadano, empresarial, descontaminado de política. Una lección más de democracia que los gobiernos y los principales partidos deberán tener en cuenta a la hora de proponer candidatos.
Las condiciones ventajosas en que López Villarreal —primo del ex gobernador interino Jorge Torres López, acusado de lavado de dinero en Estados Unidos— asumirá la alcaldía, también entrañan riesgos. El mayor consiste en no estar a la altura de la ocasión. La responsabilidad es suya. El PRI y su alcalde dejan una ciudad que es ejemplo a escala nacional, como en otro tiempo lo fue Torreón. m


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