Capitolio

Reformas y mundo real

El informe presidencial pasó, como todos los anteriores, sin conmover a una ciudadanía incrédula, distante del gobierno y ajena a la toma de decisiones grandes y pequeñas. Apegados al manido guión de siempre, cada quienhizo su parte. La administración de Enrique Peña y los líderes del PRI encomiaron las reformas en medio de un alud de spots y augurios que hicieron recordar a López Portillo y a Salinas de Gortari; el PAN y el PRD las cuestionaron, a pesar de haberlas aprobado (uno la energética, otro la fiscal, y juntos varias más).


La ciudadanía volvió a permanecer al margen de una fiesta cuyos invitados utilizaron el Zócalo como estacionamiento. Si Pemex y la CFE se abrirán al capital privado, igual que la Rotonda de las Personas Ilustres se alquila para celebraciones particulares y el Fondo de Cultura Económica se utiliza como set de televisión para adular al jefe, ¿por qué no rematar también la Plaza de la Constitución? La disculpa por la aberración no alivia la ofensa.


El tema del informe son las reformas. No es para menos. El país necesitaba desde hace tiempo un nuevo marco constitucional para insertarse en un mundo regido por las estrictas reglas del mercado y el capital, solo que la oposición dogmática del PRI a tocar los monopolios del petróleo y la electricidad y sus sindicatos corruptos lo habían pospuesto.


Cambiar cuando otros países lo hicieron antes coloca a México en desventaja. Para consuelo, vale decir que nunca es tarde. Sin embargo, lo importante será el funcionamiento de los sectores reformados, el marco regulador y su impacto en el mundo real. No el que habita el escaso porcentaje de familias que concentra la riqueza ni el que se han fabricado los políticos, sino el de millones de pobres cuya presión sobre el país aumenta cada día.


¿Tiene mérito el presidente por haber sentado bases para la transformación? Sin duda, pero no es exclusivo. En realidad no ha movido a México, sino a la administración federal y a un Congreso casi siempre ocioso, pues el país jamás se ha detenido, a pesar de las políticas ruinosas de gobiernos sucesivos. El PAN y el PRD sumaron sus votos para que las reformas pudieran ser, no a cambio de nada, pues en la negociación avanzaron sus propias agendas.


Lo oprobioso es el reparto de dinero entre diputados y senadores de todos los partidos, con cargo al contribuyente, para compensar sus desvelos como si las dietas, bonos y privilegios fueran poca cosa en un país donde el salario mínimo no alcanza siquiera para comprar la canasta alimentaria. En ese sentido, los datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) bastan para enfriar el entusiasmo oficial por las reformas. Enrique Peña logró lo que Felipe Calderón no pudo y Vicente Fox ni siquiera intentó: crear consensos entre las principales fuerzas políticas para darle viabilidad al país. Decir que el PRI se opuso por sistema no falta a la razón, pero a los presidentes del PAN les faltó lo que el PRI desarrolló en más de setenta años de monopolizar el poder: oficio. Si los partidos fundados por Calles y Gómez Morín dilataron las reformas, fue por temor a los costos sociales y electorales. Peña los asumió, debe admitirse, con visión de estadista, los cuales se distinguen por pensar en la próxima generación; a los políticos los mueve la siguiente elección, dijo Bismarck, fundador del estado alemán moderno.


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