Capitolio

Propaganda engañosa

Urgidos de legitimidad y de una imagen más o menos presentable ante la opinión pública, los diputados federales recurren a su mejor arte —acaso el único—: el engaño. Se necesita no tener dos dedos de frente para creerse la añagaza de que “gracias” a ellos hay más escuelas, hospitales, alumbrado, puentes, pavimento e infraestructura… cuando es en gran medida por ellos que en el país existe tanta miseria y la riqueza se concentra en pocas manos. Santa Anna lo decía en su contexto: “Mientras haya Congreso, no hay progreso”.
El paquetazo fiscal que ha puesto a millones de mexicanos al borde del colapso y que significa nuevos y más impuestos —sobre todo en la frontera—, carestía, desinversión, desempleo y pobreza, lo aprobaron ellos. Con trescientos diecisiete votos a favor (del PRI, el Verde —por fuera, corrupto por dentro— y la mayoría de los diputados del PRD) y ciento sesenta y cuatro en contra (de las bancadas del PAN, el PT, Movimiento Ciudadano y veintitrés de la izquierda perredista).
Por si fuera poco, la campaña de radio y televisión de los diputados, en la cual se erigen en benefactores del país, la pagan los contribuyentes. Son ellos, no los diputados ni los senadores, quienes aportan los recursos —cada vez con mayor esfuerzo y a costa de su bienestar— para que el país avance. El gobierno no lo mueve; en todo caso, lo detiene. Los políticos frenan el potencial ciudadano y de las empresas micro, pequeñas y medianas, en favor de los monopolios, acaso porque su crecimiento constituye el verdadero riesgo para un gobierno insensible, ineficiente y de espaldas a la realidad.
Los diputados, con su propaganda vil, agravian al país. Si piensan que los pobres —los más afectados por el paquetazo fiscal y por la mayoría de sus decisiones— vitorearán las obras y servicios que presumen, se equivocan. Las maquinarias de los partidos podrán obtener votos de los sectores más depauperados, pero jamás reconocimiento y gratitud. ¿Quién besa la mano de su verdugo? La falaz campaña del Congreso debe ser desmentida por los causantes cautivos. Son ellos quienes aportan el dinero para el presupuesto de cada año que los diputados aprueban y el gobierno malgasta.
Los diputados no aportan, medran del presupuesto. Incluidos los santurrones del PAN que cobran comisiones —no del “módico” diez por ciento, sino del treinta y cinco— a los alcaldes de su partido por los recursos que canalizan a sus municipios. Esa es la moral panista. La práctica es común en todas las fracciones parlamentarias y en cualquier caso repudiable.
Existen políticos que no solo se rebajarían el sueldo o prescindirían del ingreso que la ley señala, sino que pagarían por ocupar un cargo de elección o designación. El dinero que los diputados y senadores invierten en campaña —muy por encima de los topes legales, mientras el IFE duerme sobre los laureles— lo recuperan con creces en tres o seis años, según el caso.
Los legisladores ganan, además de inmunidad —que los protege dentro y fuera de sus respectivos recintos; incluso a quienes son delincuentes—, dietas jugosas, bonos generosos, viáticos discrecionales, seguros médicos y de vida amplísimos, influencia y la posibilidad de hacer negocios, no siempre lícitos. Los coches y el dinero para gasolina que reciben son minucias. Todo con cargo al erario. Aún así, pretenden el aplauso de los mexicanos, pues gracias a ellos pueden ser felices. El descaro no tiene límites.


gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx