Capitolio

Peña en Washington II

Los jefes de estado y de gobierno utilizan dos discursos para comunicarse entre sí (el número aumenta cuando los receptores son los ciudadanos): el diplomático, paraexpresarse en público, y el crítico o reprensivo, para decirse “tête à tête”, o sea en privado. Así ha sido siempre. Por eso cuando el presidente de Uruguay, José Mujica, declaró que México le parecía un estado fallido, la cancillería puso el grito en el cielo, pues a nadie le gusta que le digan sus verdades. Menos cuando, quien las pronuncia, tiene autoridad moral —como Mujica— para criticar la corrupción, palabra vedada en el lenguaje de su homólogo mexicano.El libro “Decisiones difíciles”, de la ex secretaria de Estado Hillary Clinton, asoma al mundo de la política y la diplomacia. La referencia más notable sobre México es el disgusto del presidente Calderón por las filtraciones de WikiLeaks sobre la presunta protección de las fuerzas armadas a un cartel de las drogas (el de Sinaloa, de Joaquín “el Chapo” Guzmán). En respuesta, el gobierno de Estados Unidos retiró a su embajador Carlos Pascual y le asignó una tarea más relevante. En otra parte, cita a la secretaria de Relaciones Exteriores del sexenio anterior, Patricia Espinosa.Entre las economías emergentes con peso global e influencia en las Naciones Unidas, Clinton destaca el papel de Brasil y la India, así como el papel de China, nueva potencia y factor de equilibrio. Sobreel presidente de Rusia, Vladimir Putin, abundan las críticas por los abusos de poder, dentro y fuera de sus fronteras (Crimea y Ucrania son ejemplos), y la pretensión de volver a ser imperio —“del mal”, calificaba a la Unión SoviéticaRonald Reagan— a cualquier costo. El libro pone de relieve la autoridad deWashingtonpara reprimir a los líderes del mundo que devienen en tiranos o atentan contra los valores de Estados Unidos, fundados en la libertad, la democracia y los derechos humanos.El presidente Barack Obama ha declarado en distintos escenarios no ser rey para imponer su voluntad, pues el Congreso, auténtico representante del pueblo (hoy de mayoría republicana en ambas cámaras) lo controla. Algunos homólogos suyos de América Latina y otras partes, en cambio, no solos se creen soberanos, actúan como si lo fueran. Esa conducta se limita ahora, por fortuna, a Venezuela, Nicaragua y, por supuesto, Cuba. En México, es la sociedad, no el Congreso ni los partidos de oposición, quien le recuerda a Peña Nieto, a su gabinete y al PRI, que los tiempos de la presidencia imperial forman parte de un pasado odioso.En la columna del martespasado (“Peña en Washington”) escribí que la reunión entre el presidente mexicano y Barack Obama ocurriría en condiciones de debilidad política para ambos. Sin embargo, existe una diferencia notable:el tipo de instituciones de los países que gobiernan.Lasde Estados Unidos son fuertesy funcionales porque su democracia también lo es, hay contrapesos reales (la prensa es uno de ellos), estado de derecho y una sociedad exigente y participativa. En México, donde la ciudadanía apenas empieza a su asumir su función, son frágiles y carecen de crédito y legitimidad, pues la mayoría se han envilecido.A ningún presidente de México le había ido tan mal en Washington, en términos de opinión pública y rechazo social, como a Peña. Si eso y las amonestaciones de Obama en privado no lo convencen de rectificar, está perdido. 



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