Capitolio

Patria, estado y pueblo

Un solo acto o un conjunto de reformas no convierten a un políticoen estadista. Lo que distingue a estos —minoría en el mundo— de aquellos —mayoría aun en los países desarrollados— es el efecto de sus decisiones para transformar una realidad por otra mejor, más justa y duradera, y su impacto en la esfera internacional. Carlos Salinas parecía cumplir los requisitos para serlo, pero su egolatría, ambición y talante autoritario condujeron al país a una de sus peores crisis política, económica y moral; y a él, a las páginas de la historia donde habitan los malvados y corruptos.El último presidente con talla de estadista fue Ernesto Zedillo (1999-2000). Rescató a México de la quiebra, terminó el ciclo de las crisis económicas de fin de sexenio y creó condiciones de equidad electoral para posibilitar la alternancia. Pero además, en un país donde reina la impunidad, se atrevió a tocar a su poderoso predecesor al encarcelar a Raúl Salinas de Gortari por la autoría intelectual del asesianto de José Francisco Ruiz Massieu (ex cuñado del clan) y enriquecimiento ilícito. De los 160 millones de dólares que Salinas depositó en Suiza, el gobierno de Felipe Calderón recuperó 74.Zedillo es reconocido como presidente demócrata y economista capaz. La idea general es que él no se enriqueció como la mayoría de quienes han ocupado la silla del águila. Terminado su sexenio, empezó a trabajar para la ONU, la prestigiosa Universidad de Yale, varias empresas globales y el grupo periodístico PRISA, de España, del cual es consejero. La presidencia zedillista no estuvo exenta de conflictos, como el asesinato de once campesinos en Aguas Blancas, Guerrero (1995), y de cuarenta y cinco indígenas tzostiles en Acteal, Chiapas (1997).Una de las decisiones más criticadas de su gobierno fue el rescate bancario, tras la crisis financiera de 1994, herencia del salinismo.Las reformas del presidente Peña Nieto, celebradas por el gobierno y sus futuros socios petroleros y los poderes fácticos, pero desdeñadas por la mayoría, serán plausibles solo en la medida quetransformen al país y eleven la calidad de vida de los mexicanos. Sin embargo, la tentación de utilizarlas con fines electoralistas es tan real y contundente como el Monumento a la Revolución. El cambio de nombre del programa Oportunidades por el de Prospera, la laxitud e inobservancia de las leyes contra la corrupción y la falta de voluntad para establecer una norma general que ate las manos a los funcionarios venales y castigue ejemplarmente la apropiación de bienes y fondos públicos son indicios vehementes.El inconveniente es que las reformas tardarán en madurar y algunas, como la fiscal, la educativa y la de telecomunicaciones, no han cumplido su propósito. La sola retórica no basta para ganar elecciones y asegurarle al PRI seis años más en Los Pinos después de Peña. En próximos espacios abordaré otros aspectos del informe y los anuncios subsiguientes. Mientras, insisto: la euforia del gobierno por las reformas no la comparte la mayoría de los mexicanos, cuyas demandas tal vez se expresen en la ceremonia del Grito: seguridad, justicia, crecimiento, empleo, salario suficiente, educación de calidad, castigo a los corruptos y defensa del patrimonio nacional. Patria y estado no son la misma cosa. Buena oportunidad, la del 15 deseptiembre, para que el presidente escuche al pueblo. Así sea de lejos. 


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