Capitolio

Paraíso imposible

Felipe Calderón y Rubén Moreira coinciden, en entrevistas para el diario ABC de Paraguay y Milenio Laguna, respectivamente, que las organizaciones criminales influyen en la política y sus instituciones, de las cuales —dice el ex presidente— “se están apoderando”. El gobernador de Coahuila, por su parte, reconoce que el narcotráfico “también hace política”, sin llegar todavía a los extremos de Colombia, que en los ochenta fue calificado como el primer narco estado. Sin embargo, el riesgo existe.
Cuando Calderón, a mediados de su sexenio, pedía a Dios no permitir que el PRI regresara a Los Pinos y la entonces líder de ese partido, Beatriz Paredes, se encomendaba a la virgen de Guadalupe para recuperar el poder, el presidente y miembros de su gabinete empezaron a correr la voz de que en un futuro próximo la delincuencia organizada podría sentar en la silla del águila a uno de sus representantes. En Colombia, el presidente Ernesto Samper fue acusado de recibir financiamiento del cartel de Cali para su campaña, en 1994. Aceptó la culpa y fue investigado, pero al final evadió la cárcel.
En las campañas presidenciales de 1989, el candidato del Partido Liberal Colombiano, Luis Carlos Galán, fue asesinado antes de iniciar un mitin. Entre los autores intelectuales figuró Pablo Escobar Gaviria, líder del cartel de Medellín. En la conspiración habrían participado también las Autodefensas Unidas de Colombia. El objetivo inicial de los paramilitares consistía en neutralizar a las FARC (grupo guerrillero), pero al final devino en una de las organizaciones más atroces del país. (Hoy, en México, ya hay también autodefensas.)
Para ocultar y proteger sus actividades de productor y traficante de drogas, Escobar Gaviria se inventó una aureola de benefactor social y empresario, credenciales que le permitieron ser electo senador. El diario El Espectador descubrió la mascarada, y el capo perdió la inmunidad. Desde entonces convirtió en infierno a su país, junto con otros carteles. Gaviria lavaba dinero en campañas políticas y en equipos de futbol. ¿Le suena?
Por el escenario y las condiciones de inseguridad en Soacha, Cundinamarca, donde Galán fue asesinado, el clima nacional de crispación y la creciente influencia del narcotráfico en los altos círculos del poder, existe un paralelismo entre los atentados contra el candidato del PLC y el del PRI, Luis Donaldo Colosio, ocurrido en México cinco años más tarde. La diferencia es que en Colombia se identificó a los autores materiales e intelectuales del crimen, algunos de los cuales purgan prisión por más de veinte años, y en México —a pesar de las evidencias—, se impuso la hipótesis del “asesino solitario” (Mario Aburto), cuya identidad real sigue en duda.
Ahora que figuras relevantes de su partido y de su gobierno son acusadas de tráfico de influencias, el ex presidente Calderón deplora en ABC que la corrupción “sea una desgracia (…) un mal endémico de México… Con su poder sobre la policía (los delincuentes) extorsionan, secuestran empresarios, cobran cuota a la tienda de la esquina, cobran por protección a los comerciantes, a los ganaderos. Matan periodistas”.
Después del surgimiento de los primeros narcoestados, México se parece hoy más a la Colombia de los ochenta y los noventa que al paraíso prometido en las últimas campañas presidenciales. La situación empeorará mientras no se restablezca el estado de derecho y los cínicos dirijan el país.



gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx