Capitolio

Paciencia al límite

Si no solo de pan vive el hombre ni de PAN la democracia, el presidente Peña tampoco puede sustentar su gobierno en el halago externo —candil de la calle—, mientras al país lo invaden el pesimismo y la oscuridad. Para la mayoría de las familias y las empresas de México, el inicio económico de 2014 es tan crudo o más que el invierno. Carestía, alza de impuestos, deterioro del salario y falta de crecimiento generan un clima de irritación social que las autoridades, como Salinas de Gortari, prefieren no ver ni escuchar.
En este escenario de orfandad opositora reaparece Andrés Manuel López Obrador, después del episodio cardiaco que lo alejó de las tribunas antes de la aprobación de la reforma energética del PRI y el PAN, pero más del segundo. Y lo hace dispuesto a “derrocar” al tándem que gobierna al país por la vía pacífica como Madero lo hizo con la dictadura porfirista. El Movimiento de Regeneración Nacional, primera escisión de las izquierdas desde su agrupamiento en el PRD, será partido este año y el entrante debutará en las urnas con amplias posibilidades de ocupar un lugar importante en el Congreso.
El desfogue que el país necesita se lo ofrece López Obrador, y mejor que sea en la arena política, en el debate, y no por medio de las armas como sucede en algunas regiones del país con alarmante expansión. Es lo que tampoco se observa, o se simula no hacerlo, en el exterior por la euforia del ingreso de capitales que explotarán el petróleo. Y no es que la apertura sea inicua en sí misma; al contrario, puede resultar positiva, generar riqueza, si los contratos se transparentan y no se reparten, como los bancos y las paraestatales en el sexenio de Salinas, entre compadres.
El júbilo de las petroleras, los bancos y los fondos de inversión extranjeros, secundado por algunos sectores económicos y políticos del país, no se corresponde con la actitud social que es de escepticismo. No es para menos: para vender la reforma como panacea universal y granjearse al público, el gobierno ofreció inversiones, empleos, reducción en las tarifas eléctricas y combustibles a precios menores, sin fijar condiciones ni plazos. Pues bien, los primeros “beneficios” fueron alzas en los servicios de la CFE y “gasolinazos”.
Las reformas son hasta hoy catálogos de buenas intenciones, como ya ha habido otros, pero al final los únicos gananciosos son los grupos de poder, político y económico, mientras la brecha entre ricos y pobres se ahonda peligrosamente. No verlo así expone al país a convulsiones, sin que nadie haga nada para evitarlas. El primero obligado a actuar es el gobierno, sin embargo no lo hace por la convicción de que lo que no aparece en los medios, sobre todo en televisión, es inexistente. La misma receta de Salinas en un país cuya paciencia está al límite.
El gobierno necesita ver más hacia dentro y escuchar la voz de millones de mexicanos irritados por la corrupción, la impunidad, la ineficiencia de las instituciones públicas y privadas, el alza de impuestos, la delincuencia y otras cargas onerosas. El malestar y el sentimiento de indefensión social puede abrir las puertas a escenarios indeseados, como ya ocurre en Michoacán y otras regiones, donde el Estado pierde el control de territorios. Igual pasó en Colombia con las FARC, las autodefensas y los grupos paramilitares.

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