Capitolio

Nuevos equilibrios

Cuatro años tendrán los coahuilenses para celebrar o lamentar la gestión de los alcaldes que asumieron el miércoles. La atención la centrarán Isidro López Villarreal y Miguel Riquelme Solís, por ser Saltillo y Torreón las ciudades más relevantes del estado, igual que Monterrey y San Pedro lo son de Nuevo Legón; la capital y Gómez Palacio, de Durango; Mexicali y Tijuana, de Baja California; Chihuahua y Ciudad Juárez, Guanajuato y León, Xalapa y Veracruz.

Con su asistencia a la toma de posesión de Riquelme —y de otros alcaldes del PRI— y su ausencia en la de López, el gobernador Rubén Moreira enfatiza dónde tiene sus afectos políticos. La Laguna fue la única región donde su partido no perdió un solo municipio. Sin embargo, una lectura somera de los resultados electorales del año pasado puede inducir a equívocos con efectos en las urnas. Después del protocolo, viene lo realmente difícil: el ejercicio de gobernar, pantano del que pocos salen airosos.

Excepto en casos de emergencia o de asuntos de estado trascendentes —los cuales no se presentaron el 1 de enero—, las agendas políticas son flexibles. Por lo tanto, extraña que el gobernador y el alcalde de Saltillo no hayan ajustado las suyas para hacerlas coincidir en el Teatro de la Ciudad y evitar suspicacias. Máxime porque representan a la comunidad, no a sus partidos. Finalmente, lo que importa es que los presidentes municipales y la administración estatal colaboren y trabajen en una misma dirección, no en sentido opuesto.

La ceremonia en el Teatro Nazas —antes cine, donde Flores Tapia inició su campaña para gobernador en 1975 (¿y Riquelme la suya ahora?)— fue política, como político es su alcalde. La del Teatro Fernando Soler, ciudadana, como ciudadano es el suyo. El matiz, el contexto y la calidad de las concurrencias importan por su efecto en la sucesión estatal de 2017, de la cual los colegas del PRI y el PAN podrían ser protagonistas. El hartazgo ciudadano de mala política abre espacios a liderazgos sociales. Así lo reflejan las últimas votaciones.

El mismo talante de los alcaldes —político uno, ciudadano el otro— impregnó las ceremonias y los discursos. En ambos faltó profundidad, contundencia —hablar menos para las galerías y más de cara al futuro—, la gran obra, el proyecto que contribuya a relanzar a Saltillo y a Torreón aun de plataformas dispares. Riquelme destacó su cercanía con el gobernador; y López, la cooperación temprana de Rubén Moreira por un Saltillo más justo y próspero; pero sobre todo, seguro.

Las circunstancias en que López Villarreal y Riquelme asumieron son distintas a las de hace cuatro años, cuando el PRI gobernaba casi al cien por cien de los coahuilenses, había dinero de “sobra” —que hoy se paga con intereses de usura—, y el PAN despachaba en Los Pinos. Ahora existen nuevos acuerdos y agentes políticos en escena. Los equilibrios cambiaron y el partido que más influye en la Presidencia es Acción Nacional, como en el sexenio de Salinas.

Por cierto, ¿qué papa asiste, en los tiempos modernos, a la toma de posesión de jefes de estado o de gobierno aun de Europa? Ninguno. Sin embargo, el obispo de Torreón, José Guadalupe Galván, no falla a ninguna. Jorge Bergoglio, siendo arzobispo de Buenos Aires, puso contra la pared al gobierno populista de Néstor Kirchner. Hoy, como Pontífice, predica con el ejemplo: “la actitud del verdadero pastor (de la Iglesia)”, advierte, “no es la de príncipe o la del mero funcionario…”.

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