Capitolio

México ya no aguanta

La mayoría de los males del país tiene como factor común la corrupción. El problema ha escalado sexenio tras sexenio —ocupen el PRI o el PAN la presidencia—, pero los mexicanos, cansados de soportar a una clase política depredadora y cínica, ya han empezado a sublevarse.

Presidentes de la república, gobernadores, alcaldes, legisladores y funcionarios de todos los niveles improvisan fortunas mientras la pobreza se acelera, crece la inseguridad y faltan los servicios.

Antes de que el portal Aristegui Noticias revelara que Angélica Rivera, esposa del presidente Peña, había adquirido una casa de siete millones de dólares al contratista del gobierno federal y del Estado de México, Juan Armando Hinojosa, dueño del Grupo Higa, la hija del líder petrolero Carlos Romero Deschamps publicó en Twitter fotos suyas y de sus mascotas en aviones privados y hoteles de lujo pagados por el erario.

Pemex está en crisis no solo por la caída del precio del petróleo, sino por décadas de corrupción, ineficiencia y complicidad entre empresa y sindicato.

En 2002, el ex director de la petrolera, Rogelio Montemayor, fue acusado de desviar más de mil millones de pesos a la campaña del candidato presidencial del PRI Francisco Labastida.

Después de un largo proceso, iniciado en Estados Unidos y de su extradición a México, fue exonerado. Como único castigo se le inhabilitó veinte años del servicio público.

Hoy colabora en la UA de C y preside el Clúster Minero Petrolero del estado.

Mal endémico en nuestro país, la corrupción adquiere hoy otra dimensión por la voracidad y el cinismo de sus beneficiarios, la falta de leyes para castigarla—como sucede en Estados Unidos, España, Brasil, Perú y ya no se diga China—, y el asco que provoca entre la población.

El control sobre los medios dejó de ser total.

La propaganda para presentar a Peña como estadista mundial la hizo añicos una sola investigación periodística. La “Casa Blanca” logró lo que las reformas no pudieron: catalizar el sentimiento nacional, no en favor del gobierno, sino en contra, por un caso flagrante de conflicto de interés.

The Economist resumió en siete palabras la situación: “El presidente no entiende que no entiende”.

Lo peor es que aún no comprende la gravedad de la crisis. 


gerardo.espacio4@gmail.com/@espacio4mx