Capitolio

Lecciones futboleras

El pase de la selección a octavos de final brindó al presidente Peña Nieto el pretexto para planear un nuevo viaje a Brasil, donde el año pasado se reunió con Dilma Rousseff, si el equipo de Miguel Herrera disputa la Copa. El triunfo frente a Croacia dio a los mexicanos la ocasión para celebrar, algo que no ofrecen los partidos políticos ni los gobiernos; al contrario, lo único que provocan es malestar e incluso angustia. El verdadero “momento mexicano” se vive en las canchas, se disfruta en las tribunas y contagia a legiones.Aún es temprano para cantar victoria, pero ¿quién y con qué autoridad podría alguien negarle a los mexicanos el derecho de soñar con ser campeones donde jamás lo han sido? Y para mayor motivación en Brasil, donde la magia del futbol logra lo que en México la reforma fiscal destruye: el ánimo, el espíritu nacional. Tal vez si el presidente Peña modificara la estrategia y no dilatara tanto los cambios en el gabinete, podría aspirar también a un fin de sexenio, si no feliz, por lo menos tolerable. En la columna “Actitud y vampirismo”, del sábado pasado, escribí que en el futbol las jerarquías han dejado de existir debido, entre otros factores, a la apertura y al intercambio de jugadores entre países. Deportistas del otrora Tercer Mundo —hoy economías emergentes— fortalecen planteles de potencias mundiales cuyas nóminas, si acaso, solo pueden compararse con las de la alta burocracia mexicana, según una medición reciente de la OCDE que compara los ingresos de los funcionarios públicos de los treinta y cuatro estados miembros.La condición para ser hoy astro del futbol es ser cosmopolita y atleta. El rendimiento de jugadores procedentes de regiones todavía no desarrolladasrefleja, además de una actitud desinhibida y sin complejos frente a los gigantes, avances en terrenos que también igualan en la cancha, como la alimentación, la medicina y la interrelación cultural. Los ídolos de la juventud no se localizan en las tribunas parlamentarias, en los gobiernos ni en los partidos, ya ni siquiera en el arte ni los medios de comunicación, sino en los estadios, en los conciertos, en las pantallas; y en el peor de los casos, en el hampa.Lo importante para el país esque los progresos en el balompié, siempre en riesgo de ser excedidos por otros conjuntosen la siguiente Copa, según se ha visto en Brasil, se superen en campos que quizá no generen tanta fiesta y ruido en las calles, pero sí bases para el desarrollo, como la educación, la ciencia, la tecnología, la salud, la justicia, la seguridad y una democraciamás robusta.No es casual que Colombia y Costa Rica hayan tenido también un desempeño destacado en la primera fase del Mundial, pues sus pueblos hace tiempo decidieron mirar hacia el futuro.Otra lección de la competencia futbolera, que los políticos deberían tomar en cuenta, es que para dirigir se necesita ser líder y cambiar de estrategia y alineación según las circunstancias lo exijan. El equipo de Herrera, como el país que Peña gobierna, no es obra de un día ni de un solo hombre, sino del esfuerzo de muchos durante décadas; suma de éxitos, fracasos, aciertos y errores. La selección y México son los mismos de hace poco. La diferencia es que, para el público, “El Piojo” sabe lo que hace y con el presidente ignora adonde llegará al país. 



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